En los últimos meses, en los congresos y otras formaciones a las que he asistido (y no han sido pocas) suele incluirse alguna conferencia, taller o seminario dedicado a la IA en la disciplina concreta de que se trate.
El sentir general podría resumirse, en general, en tres miradas:
- la desconfianza que, en ocasiones, se reviste de amenaza;
- la invitación a no obviarla y aprovechar su utilidad;
- la búsqueda de sus límites, especialmente, en el ámbito educativo, para diseñar tareas y procedimientos de evaluación que las herramientas, aplicaciones o programas basados en inteligencia artificial no sean capaces de realizar, sino que requieran de habilidades o competencias exclusivamente accesibles a la capacidad humana.
En otros seminarios, se abordan sus implicaciones éticas y su impacto en la investigación y se apela a la honestidad y la integridad académica, incluso se ha acuñado el neologismo IA-giarismo (del inglés IA-giarism), creado por Alkaissi y McFarlane en el 2023, que combina los conceptos de inteligencia artificial (IA) y de plagio.
En sentido estricto, los generadores de contenido, que son las aplicaciones de IA que más se han popularizado, no constituyen propiamente un plagio, ya que no se copia ni hay una apropiación de la propiedad intelectual, por cuanto el texto que se genera es inédito. Más bien, podría hablarse de suplantación de autoría, pues se hace pasar por propio (autoría) un producto creado por un algoritmo entrenado, precisamente, por la propia práctica y uso de la aplicación, que se retroalimenta y perfecciona sus resultados.
Ante cualquier novedad, el vacío legal que reina al principio se debe atajar de inmediato por las instituciones. En el contexto académico y de la investigación es preciso recoger el supuesto de uso fraudulento de las IA en la normativa, como ya se recogieron las consecuencias del plagio.
De ese valor de novedad, surge otra reacción frecuente de mantenerse expectantes ante la evolución de ese "invento" y esperar a ver cómo lo resuelven otras personas y actuar por imitación. En cualquier caso, la IA viene para quedarse, no tiene visos de ser un gadget tecnológico temporal, ni una moda pasajera, como otras aplicaciones que fueron muy populares y hoy ya están en desuso (los primeros programas de mensajería simultánea, los sistemas para generar politonos musicales en móviles, algunas redes sociales juveniles o ciertas aplicaciones de retoque de imágenes).
En el caso concreto de la investigación, el uso de la IA es imparable, en múltiples tareas intermedias como búsqueda bibliográfica, resumen de textos, generar esquemas de contenido, diseñar cursos o, incluso, evaluar. Uno de los contextos donde se percibe su impacto es en la lingüística aplicada a la enseñanza de idiomas, ya de por sí sesgada por los traductores automáticos.
En el caso de la docencia, un posible mecanismo de control es la presencialidad, la tutorización, el seguimiento del trabajo de cada estudiante, con lo que ello comporta de sobrecarga para docentes de todos los niveles educativos. La era digital que nos proporcionó el teletrabajo, la teleformación, el auge de las videoconferencias, y la sistematización de tareas sencillas, ahora nos presenta el reto de decidir quién crea y quién usufructúa lo creado mecánicamente.
El tiempo mostrará cómo evolucionan estas aplicaciones y herramientas (algunas que ni siquiera imaginamos) y qué consecuencias tiene su uso (in)controlado en la protección de datos, la propiedad intelectual, el desarrollo de los procesos cognitivos e intelectuales, la gestión laboral o la automatización de procesos. Podemos tomar la iniciativa de testearlas y ver cómo aplicarlas a nuestra práctica profesional (docente, investigadora...) o aprender de cómo las usan otras personas y adaptarlas a nuestras necesidades, pero en según qué tareas y siempre de manera honesta.
Marta Pilar Montañez
(19/10/2024)
