Leía hace unos días, por
recomendación de un amigo, un artículo titulado “La palabra más larga de la literatura universal
aparece en una comedia de Aristófanes escrita en 391 a.C.”
Leyendo la sinopsis de la obra, recordé el tópico de “el mundo al revés”, en este caso, mujeres en el gobierno, pero en una época y en una sociedad donde esa gestión les estaba vetada. A día de hoy, en muchos aspectos vivimos en un ‘mundo al revés’, ese tópico que descubrí con Lisístrata, también de Aristófanes y que en la literatura española nos ha dejado muestras magníficas como la poesía satírica de Quevedo, con la inversión en las tareas y funciones atribuidas a mujeres y hombres o la contradicción entre los considerados buenos y los malos.
En la comedia Las asambleístas, que es la que incluye
esa palabra archisílaba, se tratan otros temas que están de absoluta actualidad:
el “contentar a todos” (recogido también en la fábula del Esopo sobre El hombre, su hijo y el burro), la crítica
feroz (hoy sería el fenómeno hater) o
la parodia (reflejada en los memes). Como
curiosidad, esta obra de teatro contiene otros detalles interesantes, como el
derecho de prelación de los feos -esto es un puntazo, una especie de “derecho
de pernada” revestido de justicia social- o el humor, al crear un plato con ingredientes
dispares que, así, guste a todo el mundo, y cuyo nombre, precisamente, es
esa palabra más larga de la historia de la literatura.
Aristófanes experimentó
con ese mundo al revés no porque sitúe a las mujeres en el poder (eso hay que
entenderlo en su contexto), sino por lo que significa y por la trascendencia
que tiene para la historia de la literatura y del pensamiento. La anécdota
pasa, no trasciende su época, pero el tópico sí, la esencia de lo que quiere
transmitir.
Por eso me encantan los
clásicos, porque se podría leer ahora esta obra y le sacaríamos jugo, no solo
como parodia de la política (aquella y la nuestra), también de las empresas, de
la educación, de la publicidad, de las redes sociales... La credibilidad de un influencer frente a la de un científico, ese es el mundo al revés
actual, por poner un ejemplo. Don Quijote es el profesor de secundaria con los
molinos de las leyes educativas y los aprobados generales de quienes
promocionan con suspensos. Y así podríamos seguir.
Insisto, me encantan los
clásicos, y quizá la razón pueda estar, justamente, en que los temas
universales sobreviven al paso del tiempo. Los grandes problemas, las preocupaciones
o las pasiones del ser humano van más allá de su contexto: el amor y la muerte,
la lealtad o la traición, el éxito o el fracaso, el esfuerzo sin recompensa o
la victoria pírrica… da igual quiénes sean los protagonistas y en qué siglo
hayan vivido, la emoción que experimentan es semejante.
Por ello, recomiendo
volver siempre a los clásicos, releerlos, revisitarlos, con ojos nuevos, en
clave actual. Cuántas personas se verán reflejadas en Ícaro, conocerán a alguna
Celestina o pasarán parte de su vida Esperando
a Godot.
Marta Montañez
27-03-2024 (Feliz día del teatro)
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