martes, 18 de junio de 2019

Gamificación o el mito de la innovación

En educación, como en muchas otras áreas, parece observarse un constante interés por innovar e introducir metodologías y técnicas nuevas nunca vistas ni oídas -como dirían los clásicos-, y con las que supuestamente se mejoren la calidad y el éxito educativos. Esta insistencia (convertida en exigencia) condiciona tanto a los nuevos docentes que se enfrentan a un tribunal de oposición -en que se les piden, entre otras habilidades,  originalidad, creatividad e innovación en la presentación de los materiales y en las metodologías-, como a los que ya ejercemos desde hace un tiempo y que no queremos parecer anquilosados en el pasado.

Sin embargo, lo que se observa en muchos casos es, por una parte, la propuesta de técnicas novedosas que, en realidad, ya se venían utilizando tal cual o con otros nombres desde hace tiempo; o bien la opción de innovar por innovar, donde se pierde el fin último de ese procedimiento, y la técnica o metodología se convierten en un fin en sí mismo. Dicho de otro modo, se incluye, por ejemplo, una aplicación tecnológica para crear una actividad o tarea o proyecto, que a veces supone un (sobre)esfuerzo para comprender y aprender a manejar esa aplicación, además de los recursos y requisitos técnicos que se necesitan: ya no solo un dispositivo conectado a Internet, sino un determinado procesador o un navegador que puede no ser el que utilizamos habitualmente, o incluso está pensado para otro sistema operativo o debes descargarte software adicional... De modo que, para cuando te pones a hacer la tarea, ya has perdido el objetivo para el que había sido diseñada o propuesta.

En el primer caso, en el de nombres nuevos para enfoques viejos (parafraseando la parábola “vino nuevo en odres viejos”), muchas veces se presenta como innovador un método educativo que en absoluto supone una novedad, sino que es una idea ya presente en las aulas, e incluso a veces en las teorías didácticas clásicas. Decir que todo está inventado puede parecer agorero, apocalíptico o de persona pesimista o negativa, pero en cierto modo, muchas de las metodologías que se proponen como novedades realmente no lo son.

Uno de los conceptos que aparecen en esas nuevas metodologías es la idea de la gamificación, a partir del término inglés game, que implica la incorporación del juego como estrategia de aprendizaje. Vamos, lo que llevan haciendo los docentes de infantil desde el principio de los tiempos, eso que ya había sido definido por Horacio como docere et delectare, es decir, enseñar deleitando y qué mejor deleite que el juego.

En realidad, hay una idea subyacente en todas esas propuestas a la que yo denomino el mito de la innovación, según el cual se percibe que toda innovación es buena en sí misma, innovar es bueno per se; de modo que es bienvenida cualquier propuesta que nos suene a modernidad o que venga de otra lengua como el inglés o que se esté trabajando en otras universidades, porque siempre parece que la universidad sea más moderna que el resto de niveles educativos (y, en cierto modo, así lo es, porque se les exige mucho más en la parte de investigación y formación del profesorado y no solo en la docencia).

Lo que me parece peligroso de ese innovar por innovar es el abandono de ciertas metodologías que siguen siendo eficaces, especialmente atendiendo a determinados contenidos. Mi concepción metodológica ha sido siempre ecléctica: la de tratar de adaptar de cada método de enseñanza-aprendizaje lo más adecuado, ya no solo al tipo de alumno, sino sobre todo a cada contenido. Hay determinados conceptos o partes del temario que se ajustan mejor a una determinada metodología que resulta más efectiva y permite obtener resultados más exitosos, porque con un menor coste se obtiene un aprendizaje en un tiempo razonable. En estos casos, optar por un método más innovador no siempre es adecuado, ya que, en realidad, se incrementa el esfuerzo que debe hacer el aprendiz y no siempre se garantiza un aprendizaje más eficiente, en mi opinión.

Otro error metodológico, a mi parecer, es el de aplicar una misma metodología a todo tipo de contenidos. Por ejemplo, ahora que está tan de moda trabajar todo por proyectos: la literatura, la sintaxis, la ortografía... No digo que el aprendizaje basado en proyectos (ABP) no sea útil ni eficaz, solo considero que no tiene por qué serlo para todo el temario o para todo tipo de alumnado. Además, y volviendo a lo ya dicho sobre ‘el vino nuevo en odres viejos’, aunque más bien sería ‘el vino viejo’ (los contenidos de siempre) en ‘odres nuevos’ (los nuevos moldes o cauces educativos, los nuevos métodos), muchas veces se dice que se está trabajando “por proyectos” -eso que hasta hace poco era el enfoque por tareas- pero, en realidad, los alumnos siguen haciendo el mismo tipo de ejercicios, solo que enmarcados en un plan algo mayor al que llamamos ‘proyecto’ porque queda muy moderno. De nuevo, el mito de la innovación: estoy innovando porque estoy haciendo un proyecto, aunque mis alumnos sigan estudiando literatura como toda la vida, pero yo digo que están haciendo un proyecto. También lo podríamos llamar postureo metodológico (aprovechando el neologismo que gracias a las redes sociales hemos adoptado y que toda la vida se ha llamado querer aparentar).

La metodología es un instrumento al servicio del contenido, del aprendizaje, debe evolucionar y experimentarse, forma parte de la investigación docente y debe constituir una tarea más del profesor buscar el mejor y más eficaz método de enseñanza-aprendizaje para el éxito de sus alumnos, y debería ser flexible, para poder adaptarse a la materia que estemos dando y al perfil de quienes aprenden. La metodología no puede ser solo un fin en sí mismo. La pedagogía teórica es necesaria, pero debe tener un refrendo práctico, ensayarse y modificarse cuantas veces sea necesario, y no desplazar al verdadero objeto de estudio que es nuestra materia. Si los métodos que utilizamos suponen un sobreesfuerzo para el alumno, que se pierde en programas, técnicas o aplicaciones que muchas veces solo sirven para que ‘quede más chulo’, pero no les aportan nada como medio de aprendizaje, no serán métodos eficaces y deberían repensarse para hacerlos verdaderamente efectivos.

En síntesis, innovar es bueno en la medida en que aporte alguna ventaja a lo ya existente, no debe ser un fin en sí mismo. Lo preocupante de innovar por innovar es el abandono de esas viejas metodologías que sí que funcionan, porque se pierde el objetivo de la metodología como instrumento y no como objeto de estudio.

Marta Montañez (20-2-19 / 16-06-19)

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