En educación, como en
muchas otras áreas, parece observarse un constante interés por innovar e
introducir metodologías y técnicas nuevas nunca
vistas ni oídas -como dirían los clásicos-, y con las que supuestamente se
mejoren la calidad y el éxito educativos. Esta insistencia (convertida en
exigencia) condiciona tanto a los nuevos docentes que se enfrentan a un
tribunal de oposición -en que se les piden, entre otras habilidades, originalidad, creatividad e innovación en la
presentación de los materiales y en las metodologías-, como a los que ya
ejercemos desde hace un tiempo y que no queremos parecer anquilosados en el
pasado.
Sin embargo, lo que se
observa en muchos casos es, por una parte, la propuesta de técnicas novedosas
que, en realidad, ya se venían utilizando tal cual o con otros nombres desde
hace tiempo; o bien la opción de innovar
por innovar, donde se pierde el fin último de ese procedimiento, y la
técnica o metodología se convierten en un fin en sí mismo. Dicho de otro modo,
se incluye, por ejemplo, una aplicación tecnológica para crear una actividad o
tarea o proyecto, que a veces supone un (sobre)esfuerzo para comprender y
aprender a manejar esa aplicación, además de los recursos y requisitos técnicos
que se necesitan: ya no solo un dispositivo conectado a Internet, sino un
determinado procesador o un navegador que puede no ser el que utilizamos
habitualmente, o incluso está pensado para otro sistema operativo o debes
descargarte software adicional... De modo que, para cuando te pones a hacer la
tarea, ya has perdido el objetivo para el que había sido diseñada o propuesta.
En el primer caso, en
el de nombres nuevos para enfoques viejos (parafraseando la parábola “vino
nuevo en odres viejos”), muchas veces se presenta como innovador un método
educativo que en absoluto supone una novedad, sino que es una idea ya presente
en las aulas, e incluso a veces en las teorías didácticas clásicas. Decir que
todo está inventado puede parecer agorero, apocalíptico o de persona pesimista
o negativa, pero en cierto modo, muchas de las metodologías que se proponen
como novedades realmente no lo son.
Uno de los conceptos
que aparecen en esas nuevas metodologías es la idea de la gamificación, a
partir del término inglés game, que
implica la incorporación del juego como estrategia de aprendizaje. Vamos, lo
que llevan haciendo los docentes de infantil desde el principio de los tiempos,
eso que ya había sido definido por Horacio como docere et delectare, es decir, enseñar deleitando y qué mejor
deleite que el juego.
En realidad, hay una
idea subyacente en todas esas propuestas a la que yo denomino el mito de la innovación, según el cual se percibe
que toda innovación es buena en sí misma, innovar es bueno per se; de modo que es bienvenida cualquier propuesta que nos suene
a modernidad o que venga de otra lengua como el inglés o que se esté trabajando
en otras universidades, porque siempre parece que la universidad sea más
moderna que el resto de niveles educativos (y, en cierto modo, así lo es,
porque se les exige mucho más en la parte de investigación y formación del
profesorado y no solo en la docencia).
Lo que me parece
peligroso de ese innovar por innovar
es el abandono de ciertas metodologías que siguen siendo eficaces,
especialmente atendiendo a determinados contenidos. Mi concepción metodológica
ha sido siempre ecléctica: la de tratar de adaptar de cada método de
enseñanza-aprendizaje lo más adecuado, ya no solo al tipo de alumno, sino sobre
todo a cada contenido. Hay determinados conceptos o partes del temario que
se ajustan mejor a una determinada metodología que resulta más efectiva y
permite obtener resultados más exitosos, porque con un menor coste se obtiene
un aprendizaje en un tiempo razonable. En estos casos, optar por un método más
innovador no siempre es adecuado, ya que, en realidad, se incrementa el
esfuerzo que debe hacer el aprendiz y no siempre se garantiza un aprendizaje
más eficiente, en mi opinión.
Otro error
metodológico, a mi parecer, es el de aplicar una misma metodología a todo tipo
de contenidos. Por ejemplo, ahora que está tan de moda trabajar todo por
proyectos: la literatura, la sintaxis, la ortografía... No digo que el
aprendizaje basado en proyectos (ABP) no sea útil ni eficaz, solo considero que
no tiene por qué serlo para todo el temario o para todo tipo de alumnado.
Además, y volviendo a lo ya dicho sobre ‘el vino nuevo en odres viejos’, aunque
más bien sería ‘el vino viejo’ (los contenidos de siempre) en ‘odres nuevos’
(los nuevos moldes o cauces educativos, los nuevos métodos), muchas veces se
dice que se está trabajando “por proyectos” -eso que hasta hace poco era el
enfoque por tareas- pero, en realidad, los alumnos siguen haciendo el mismo
tipo de ejercicios, solo que enmarcados en un plan algo mayor al que llamamos
‘proyecto’ porque queda muy moderno. De nuevo, el mito de la innovación: estoy
innovando porque estoy haciendo un proyecto, aunque mis alumnos sigan
estudiando literatura como toda la vida, pero yo digo que están haciendo un
proyecto. También lo podríamos llamar postureo
metodológico (aprovechando el neologismo que gracias a las redes sociales
hemos adoptado y que toda la vida se ha llamado querer aparentar).
La metodología es un
instrumento al servicio del contenido, del aprendizaje, debe evolucionar y
experimentarse, forma parte de la investigación docente y debe constituir una
tarea más del profesor buscar el mejor y más eficaz método de
enseñanza-aprendizaje para el éxito de sus alumnos, y debería ser flexible, para
poder adaptarse a la materia que estemos dando y al perfil de quienes aprenden.
La metodología no puede ser solo un fin en sí mismo. La pedagogía teórica es
necesaria, pero debe tener un refrendo práctico, ensayarse y modificarse
cuantas veces sea necesario, y no desplazar al verdadero objeto de estudio que
es nuestra materia. Si los métodos que utilizamos suponen un sobreesfuerzo para
el alumno, que se pierde en programas, técnicas o aplicaciones que muchas veces
solo sirven para que ‘quede más chulo’, pero no les aportan nada como medio de
aprendizaje, no serán métodos eficaces y deberían repensarse para hacerlos
verdaderamente efectivos.
En síntesis, innovar es
bueno en la medida en que aporte alguna ventaja a lo ya existente, no debe ser
un fin en sí mismo. Lo preocupante de innovar por innovar es el abandono de
esas viejas metodologías que sí que funcionan, porque se pierde el objetivo de
la metodología como instrumento y no como objeto de estudio.
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