miércoles, 29 de abril de 2020

El lenguaje: tu sexto sentido

Una persona cualquiera sale de casa camino del trabajo e inicia una llamada de móvil para que se le haga más corto el trayecto y ponerse al día con la otra persona. En un momento dado, una gota le cae por la frente, y otras muchas salpican el suelo cada vez más chispeado. Enseguida empieza a notar el suave olor a tierra mojada del parque que está atravesando y nota la cara y las manos empapadas, está fría, mientras resbala por sus labios y percibe el sabor ligeramente salado de la lluvia.

-Te dejo, que está lloviendo, después te llamo.

La interlocutora de nuestro protagonista no está viendo la lluvia, tampoco se moja ni la nota en la cara, ni mucho menos percibe su sabor o el olor que exhala el césped al empaparse la tierra, pero gracias al lenguaje, apenas una oración, ha conocido esa realidad y ha entrado en contacto con ella y sus consecuencias: la conversación tiene que interrumpirse porque ‘está lloviendo’.

Los sentidos son las puertas que tenemos abiertas hacia el mundo exterior, son el medio por el cual conocemos el entorno y nos relacionamos con él. Se suele considerar que la vista y el oído son los dos de mayor importancia, seguidos del tacto y, en menor medida, el olfato y el gusto que, en algunos casos, son complementarios. Pero ¿son estos sentidos los únicos que nos ponen en contacto con la realidad o nos hacen conocerla o percibirla?

Los cinco sentidos humanos han sido estudiados como mecanismo de relación, asociados a sus órganos correspondientes, que detectan esas percepciones sensoriales y las transforman en conocimiento del mundo. Hay más sentidos, secundarios o adicionales, que podrían considerarse ‘subtipos’ de uno de los cinco tradicionales: vista, oído, tacto, gusto y olfato. Incluso genios como Ramón Llull hablaron del ‘afato’ como sexto sentido, relacionado con el entendimiento, que engloba los otros cinco.

También se habla de sexto sentido desde otras disciplinas, por ejemplo, como la capacidad para anticiparse a los hechos, también llamada intuición. Sin embargo, el lenguaje, tanto verbal como no verbal, se puede considerar también un ‘sexto sentido’ o, al menos, un sentido complejo (pues se nutre de las percepciones de la vista –los gestos, el lenguaje no verbal, incluso la escritura–; y del oído –los sonidos, el tono el voz–), porque nos permite conocer información del mundo sin verla, oírla, ni tocarla, y sin notar su sabor ni su olor.

Así nos sucede con el lenguaje humano o con los lenguajes creados por este, y un buen ejemplo de ello es la literatura: gracias al lenguaje poético conocemos cómo viven y sienten los personajes, cómo fue su época (aunque no hayamos vivido en ella y, por tanto, no la hayamos visto ni percibido directamente con nuestros sentidos). Así conocemos la historia, a través de lo que nos han contado de ella. Y la ciencia, cuando no hemos visto los experimentos o los procesos químicos, pero sabemos que existen, porque nos los han contado o demostrado.

Me vienen a la memoria muchos ejemplos literarios del lenguaje como medio de percibir el mundo, también cuando los otros sentidos no pueden hacerlo o no son suficientes: el relato de quien narraba lo que se veía por la ventana a un ciego (El paciente de la ventana); o el famoso Romance del prisionero, cuyos versos hoy seguirían de actualidad (“yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión; / que ni sé cuándo es de día / ni cuándo las noches son, sino por una avecilla / que me cantaba el albor”). El ‘avecilla’ serían hoy los medios de comunicación y las redes sociales (el logo de una de ellas es, casualmente, ‘un pajarito’) que nos relatan lo que pasa más allá de nuestras ventanas. Y solo es posible gracias a nuestro complejo sexto sentido: el lenguaje.

Marta Pilar Montañez (11-04-2020)
 (Publicado originalmente en la revista Hermes, nº 4, 18-4-2020)*
*Periódico independiente de la Comunidad Colaborativa Hermes, Valencia.

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