A menudo nos quejamos de que no
tenemos tiempo, esa realidad
abstracta que condiciona nuestra existencia como seres mortales, ese tesoro
anhelado por la humanidad, la inmortalidad o la eternidad, que vienen a ser lo
mismo, como sueño humano: bien del cuerpo a través la eterna juventud o bien
del alma a través de la fama, el recuerdo o la memoria de quienes nos aman.
En estos días de confinamiento
disponemos de mucho tiempo y es cuando afloran preocupaciones y reflexiones que
el ajetreo del día a día deja aparcadas en un segundo (o en un tercer) plano. Suelen
ser laberintos que el pensamiento no quiere recorrer por si acaso no encuentra
la salida.
Sin embargo, también nuestra
mente goza del tiempo para explorar otros caminos más productivos gracias a herramientas
intangibles como la creatividad o el ingenio.
En estos días en que recibimos
tantísimos mensajes lúdicos, los populares memes,
algunos de humor negro y otros de ironía más sutil e inteligente, se comprueba que,
si algo caracteriza al ser humano, es el dominio del lenguaje, y no solo del
verbal, también el musical (esos conciertos de balcón que escuchamos estos
días) o el artístico o plástico (en los miles de arcoiris que inundan las
fachadas), para expresar lo que siente, transmitirlo y compartirlo con sus
contemporáneos y, en ocasiones, con los que le sucedan.
Así ocurre con las letras. Algunas
de las grandes obras de la literatura se han escrito o se han ideado cuando sus
autores o autoras estaban privados de libertad: encerrados se gestaron
narraciones como El Quijote de
Cervantes o alguna composición de W. Shakespeare; textos teatrales, como la Historia de una escalera de A. Buero
Vallejo y muchos de los poemas de Miguel Hernández, con el que, justamente,
coincidió en Madrid, ambos encarcelados.
No digo que sea bueno estar confinado,
ni mucho menos, pero sí que favorece la creatividad porque la ausencia de otras
obligaciones u horarios fijos nos obliga a centrarnos en ciertas actividades,
aferrarnos a construir algo material o inmaterial con ese caudal del
pensamiento que nos inunda, para no volvernos locos con la incertidumbre o el
miedo.
El tiempo es enemigo en la
espera, y también cuando estamos felices porque el tiempo pasa volando, siempre
es el dardo de nuestras quejas, “no tengo tiempo", y ahora que tenemos
tiempo: ¿qué estamos haciendo realmente? ¿En qué lo estamos invirtiendo? Hasta el
lenguaje da la razón a la idea de que el tiempo hay que aprovecharlo, pues
cuando pasan las horas y no hacemos nada productivo, decimos que estamos
‘pasando el tiempo’, sin más o “perdiendo el tiempo” o, peor aún, "matando
el tiempo".
Que este tiempo, relativo,
subjetivo, que se nos hace eterno, sirva para algo más que para ver la vida
pasar; sirva para construir, para crear; sea provechoso, incluso útil, y, si
hace falta, cambiemos el refranero para que el tiempo ni se pase, ni se pierda,
ni se mate, sino que estas expresiones se conviertan en ‘vivir el tiempo’,
hacerlo vivo y productivo.
Marta Pilar Montañez (28-3-20)
In
Memoriam,
víctimas del Covid-19 o Coronavirus.
(Publicada originalmente en la revista Hermes, nº 2, 30-3-2020)*
*Periódico independiente de la Comunidad
Colaborativa Hermes, Valencia.
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