Una
persona cualquiera sale de casa camino del trabajo e inicia una llamada de
móvil para que se le haga más corto el trayecto y ponerse al día con la otra
persona. En un momento dado, una gota le cae por la frente, y otras muchas
salpican el suelo cada vez más chispeado. Enseguida empieza a notar el suave
olor a tierra mojada del parque que está atravesando y nota la cara y las manos
empapadas, está fría, mientras resbala por sus labios y percibe el sabor
ligeramente salado de la lluvia.
-Te dejo, que está lloviendo, después te
llamo.
La
interlocutora de nuestro protagonista no está viendo la lluvia, tampoco se moja
ni la nota en la cara, ni mucho menos percibe su sabor o el olor que exhala el
césped al empaparse la tierra, pero gracias al lenguaje, apenas una oración, ha
conocido esa realidad y ha entrado en contacto con ella y sus consecuencias: la
conversación tiene que interrumpirse porque ‘está lloviendo’.
Los
sentidos son las puertas que tenemos abiertas hacia el mundo exterior, son el
medio por el cual conocemos el entorno y nos relacionamos con él. Se suele
considerar que la vista y el oído son los dos de mayor importancia, seguidos
del tacto y, en menor medida, el olfato y el gusto que, en algunos casos, son
complementarios. Pero ¿son estos sentidos los únicos que nos ponen en contacto
con la realidad o nos hacen conocerla o percibirla?
Los
cinco sentidos humanos han sido estudiados como mecanismo de relación,
asociados a sus órganos correspondientes, que detectan esas percepciones
sensoriales y las transforman en conocimiento del mundo. Hay más sentidos,
secundarios o adicionales, que podrían considerarse ‘subtipos’ de uno de los cinco
tradicionales: vista, oído, tacto, gusto y olfato. Incluso genios como Ramón
Llull hablaron del ‘afato’ como sexto sentido, relacionado con el
entendimiento, que engloba los otros cinco.
También
se habla de sexto sentido desde otras
disciplinas, por ejemplo, como la capacidad para anticiparse a los hechos,
también llamada intuición. Sin embargo,
el lenguaje, tanto verbal como no verbal, se puede considerar también un ‘sexto
sentido’ o, al menos, un sentido complejo (pues se nutre de las percepciones de
la vista –los gestos, el lenguaje no verbal, incluso la escritura–; y del oído
–los sonidos, el tono el voz–), porque nos permite conocer información del
mundo sin verla, oírla, ni tocarla, y sin notar su sabor ni su olor.
Así nos sucede con el lenguaje humano o con los lenguajes creados por este, y un buen ejemplo de ello es la literatura: gracias al lenguaje poético conocemos cómo viven y sienten los personajes, cómo fue su época (aunque no hayamos vivido en ella y, por tanto, no la hayamos visto ni percibido directamente con nuestros sentidos). Así conocemos la historia, a través de lo que nos han contado de ella. Y la ciencia, cuando no hemos visto los experimentos o los procesos químicos, pero sabemos que existen, porque nos los han contado o demostrado.
Me
vienen a la memoria muchos ejemplos literarios del lenguaje como medio de
percibir el mundo, también cuando los otros sentidos no pueden hacerlo o no son
suficientes: el relato de quien narraba lo que se veía por la ventana a un
ciego (El paciente de la ventana); o el
famoso Romance del prisionero, cuyos
versos hoy seguirían de actualidad (“yo, triste, cuitado, que vivo en esta
prisión; / que ni sé cuándo es de día / ni cuándo las noches
son, sino por una avecilla / que me cantaba el albor”). El ‘avecilla’
serían hoy los medios de comunicación y las redes sociales (el logo de una de
ellas es, casualmente, ‘un pajarito’) que nos relatan lo que pasa más allá de
nuestras ventanas. Y solo es posible gracias a nuestro complejo sexto sentido:
el lenguaje.
Marta Pilar Montañez (11-04-2020)
(Publicado originalmente en la revista Hermes, nº 4, 18-4-2020)*
*Periódico independiente de la Comunidad Colaborativa Hermes, Valencia.