Hablando con una gran amiga sobre la vida y la buena educación,
ha salido a colación el tema de las buenas formas en el trabajo, ese espacio de
intercambio, de convivencia y, en ocasiones, de tensión, de roces y de discordancias.
En el ámbito laboral se dan asimetrías inevitables (la relación
superior-subordinado, el plano vertical) pero, entre compañeros, en el plano
horizontal, el trato debería ser cordial y solidario. En ambos tipos de
relaciones, lo primordial es que la relación se establezca en base a un respeto
mutuo.
Sin embargo, el día a día y los intereses, a veces
antagónicos, entre compañeros, conducen a actitudes poco deseables de distanciamiento,
frialdad, indiferencia, ninguneo, y, en el peor de los casos, enfrentamientos
públicos o descalificaciones personales. A veces, la percepción del propio
trabajo y de la relación con los demás condiciona a ciertas personas y las
lleva a comportarse de un modo inapropiado: empleados descontentos con sus
condiciones, con su sueldo, con su responsabilidad… o cuando se considera que
se sufre un agravio con respecto a otros compañeros; o gente sin vocación que
solo mira el reloj para acabar la jornada, que solo quiere que llegue la nómina
a fin de mes y que cuenta los días hasta el próximo puente.
El ámbito de la administración pública no está exento de
estos empleados desganados, sin ilusión, que trabajan mecánicamente, que
transitan por el espacio laboral sumando minutos sin provecho, calentando la silla
sin esforzarse por hacer bien su trabajo o, peor aún, que se escaquean
abiertamente de parte de sus funciones y que van sobreviviendo en el sistema
sin pena ni gloria. Con frecuencia, estos trabajadores carecen de vocación. Su
lugar estaba en otro curro, pero acabaron aquí. No siempre están mal ni tienen
malas condiciones, pero no les gusta, o no sirven para esto, o hubieran
preferido otra cosa. La insatisfacción lleva a poner menos entusiasmo en lo que
se hace y, con ello, no se contribuye a ser mejor profesional, sin duda.
La vocación es otra cosa. Lo que define a una actividad como
‘trabajo’ es que sea remunerada o retribuida. Lo mismo que el ‘empleo’ u
ocupación profesional, aquella labor o tarea en la que uno emplea su vida, a lo
que se dedica o en lo que está empleado por otro (frente al autónomo o al autoempleo); incluso el ‘oficio’, que
parece tener una connotación más artística, más tradicional o artesanal. No
anda muy acertado el diccionario académico en discernir la aparente sinonimia
entre estos términos. Pero la vocación es otra cosa. Esa inclinación o
inspiración para desempeñar una labor en la vida, para hacer de un placer o una
afición un medio de vida, un trabajo en el sentido lucrativo de la palabra,
dicho de otro modo, para vivir de ello.
Está claro que no siempre se tiene la oportunidad de trabajar
en lo que uno quiere o en lo que pensamos que nos va a hacer sentirnos
realizados. Sin embargo, de todo se puede aprender y, con un poquito de
interés, aunque no llegue a ser entusiasmo, se puede mejorar y, como mínimo,
tener la satisfacción del trabajo bien hecho. Por suerte, he podido dedicar mi
vida a mi vocación, que es la enseñanza de la lengua y la literatura, y sigo
siendo feliz por ello. Pero incluso cuando he trabajado en otros empleos porque
no había plazas de profesora, le he echado ganas y he tratado de aprender y de
crecer como profesional y como persona, he mantenido las buenas formas con los
demás, poniendo siempre una sonrisa y, por encima de todo, conviviendo y
trabajando con el máximo respeto.
Marta Montañez (07-02-2020)
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