viernes, 7 de febrero de 2020

Trabajo, vocación, oficio y empleo

Hablando con una gran amiga sobre la vida y la buena educación, ha salido a colación el tema de las buenas formas en el trabajo, ese espacio de intercambio, de convivencia y, en ocasiones, de tensión, de roces y de discordancias. En el ámbito laboral se dan asimetrías inevitables (la relación superior-subordinado, el plano vertical) pero, entre compañeros, en el plano horizontal, el trato debería ser cordial y solidario. En ambos tipos de relaciones, lo primordial es que la relación se establezca en base a un respeto mutuo.

Sin embargo, el día a día y los intereses, a veces antagónicos, entre compañeros, conducen a actitudes poco deseables de distanciamiento, frialdad, indiferencia, ninguneo, y, en el peor de los casos, enfrentamientos públicos o descalificaciones personales. A veces, la percepción del propio trabajo y de la relación con los demás condiciona a ciertas personas y las lleva a comportarse de un modo inapropiado: empleados descontentos con sus condiciones, con su sueldo, con su responsabilidad… o cuando se considera que se sufre un agravio con respecto a otros compañeros; o gente sin vocación que solo mira el reloj para acabar la jornada, que solo quiere que llegue la nómina a fin de mes y que cuenta los días hasta el próximo puente.

El ámbito de la administración pública no está exento de estos empleados desganados, sin ilusión, que trabajan mecánicamente, que transitan por el espacio laboral sumando minutos sin provecho, calentando la silla sin esforzarse por hacer bien su trabajo o, peor aún, que se escaquean abiertamente de parte de sus funciones y que van sobreviviendo en el sistema sin pena ni gloria. Con frecuencia, estos trabajadores carecen de vocación. Su lugar estaba en otro curro, pero acabaron aquí. No siempre están mal ni tienen malas condiciones, pero no les gusta, o no sirven para esto, o hubieran preferido otra cosa. La insatisfacción lleva a poner menos entusiasmo en lo que se hace y, con ello, no se contribuye a ser mejor profesional, sin duda.

La vocación es otra cosa. Lo que define a una actividad como ‘trabajo’ es que sea remunerada o retribuida. Lo mismo que el ‘empleo’ u ocupación profesional, aquella labor o tarea en la que uno emplea su vida, a lo que se dedica o en lo que está empleado por otro (frente al autónomo o al autoempleo); incluso el ‘oficio’, que parece tener una connotación más artística, más tradicional o artesanal. No anda muy acertado el diccionario académico en discernir la aparente sinonimia entre estos términos. Pero la vocación es otra cosa. Esa inclinación o inspiración para desempeñar una labor en la vida, para hacer de un placer o una afición un medio de vida, un trabajo en el sentido lucrativo de la palabra, dicho de otro modo, para vivir de ello.

Está claro que no siempre se tiene la oportunidad de trabajar en lo que uno quiere o en lo que pensamos que nos va a hacer sentirnos realizados. Sin embargo, de todo se puede aprender y, con un poquito de interés, aunque no llegue a ser entusiasmo, se puede mejorar y, como mínimo, tener la satisfacción del trabajo bien hecho. Por suerte, he podido dedicar mi vida a mi vocación, que es la enseñanza de la lengua y la literatura, y sigo siendo feliz por ello. Pero incluso cuando he trabajado en otros empleos porque no había plazas de profesora, le he echado ganas y he tratado de aprender y de crecer como profesional y como persona, he mantenido las buenas formas con los demás, poniendo siempre una sonrisa y, por encima de todo, conviviendo y trabajando con el máximo respeto.


 Marta Montañez (07-02-2020)

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