domingo, 16 de febrero de 2020

Individualismo


Leía el otro día un artículo del Diario Jaén sobre el individualismo (1). Precisamente, si hay un colectivo individualista por excelencia es el de los adolescentes, las personas con las que trabajo a diario. Ese individualismo de los chavales se asocia en la mayoría de ocasiones a un pensamiento egocéntrico (el adolescente solo piensa en sí mismo) y egoísta (el adolescente cree que lo suyo es lo más importante).

Pero no solo las personas de este grupo de edad son individualistas. Ese rasgo traspasa la barrera hacia la mayoría de edad y es visible en muchos ámbitos: el laboral, las relaciones sociales, el amor, la política, el deporte… Muchos prefieren pensar en sí mismos y no en el colectivo, o creen que podrán conseguir el éxito ellos solos. Sobre esta dicotomía resuena la discusión entre Fernando y Urbano, dos personajes de la fantástica Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo (escenificada estos días en el Colegio San Juan Bosco de Valencia) y que representan, precisamente, esos dos puntos de vista enfrentados: ‘trabajo pensando en mí’ frente a ‘trabajo pensando en mí pero también en los demás’.  

Al final, la postura que tiene en cuenta al prójimo es la que suele triunfar, porque somos seres sociales y, por mucho que a algunos no les guste, vivimos en sociedad, convivimos con otros, no aislados ni marginados. Nuestro trabajo no solo nos proporciona un beneficio propio, sino que redunda también a favor de más personas.

De igual modo, el individualismo se ve también cuando sobreviene un problema o una dificultad. A cada persona le parece que lo suyo siempre es más grave, más importante. En cierto modo, es así, es lógico que aquello que nos afecta directamente, nos parezca más relevante que lo que preocupa o sufren los demás. Si un adolescente suspende un examen, aunque en las noticias alguien haya fallecido en un accidente, su examen le parece más importante, aunque para los demás, solo sea un examen. Este es un caso extremo, pero en la vida también sucede cuando alguien tiene un problema con solución y que se puede resolver o que no reviste demasiada gravedad.

Me explico. Si alguien complemente sano, que nunca se suele poner enfermo, tiene un pequeño percance y se hace un esguince o sufre una rotura, al verse impedido, siquiera de forma temporal, siente que es lo peor que le ha pasado en la vida. Su brazo, o su pierna, o su mano, o su clavícula, la parte que tenga dañada, le resultarán lo más relevante y lo más grave del mundo mientras dure su recuperación. Si esa misma persona sufriera una experiencia traumática por un problema de salud más grave, o por la pérdida de un ser querido, por ejemplo, su pie roto le parecía menos importante, pero, hasta ese momento, su rotura es lo principal, es lo que más le preocupa, y es lógico, porque no le ha sucedido nada peor.

Muchas veces, ante problemas ajenos de poca o mediana importancia, nos mostramos impasibles o, en el mejor de los casos, minimizamos la situación que está viviendo el otro. En ocasiones, porque hemos sufrido experiencias peores, o porque no hemos pasado por su situación y desde fuera no nos parece preocupante, o porque tenemos otras cuestiones en las que pensar o consideramos que nuestros pequeños y medianos problemas son tan graves o más que los del otro. Esto sucede, pongamos por caso, cuando algunas personas mayores comentan sus achaques, enzarzándose a veces en una especie de competición a ver quién está peor: “estoy fatal de la pierna, no puedo dar un paso” (se lamenta una); “¡uy! Si supieras cómo tengo yo el ojo, que no veo casi nada, y no me quejo” (replica la otra); “eso no es nada, yo tengo unos dolores que no me dejan dormir y nada me hace efecto” (remata una tercera).

Este ejemplo puede servir de muestra de ese individualismo, que no siempre es falta de solidaridad ni de empatía, sino, simplemente, una forma de reivindicar lo propio, de darle relevancia, de hacer partícipes a los demás de cómo nos sentimos y, en última instancia, es una manera de pedir consuelo, de sentirnos comprendidos y apoyados.

En efecto, aunque esa forma de pensar en uno mismo, ese modo de ser individualista parezca fruto del egoísmo, cuando se produce en el ámbito educativo, los docentes deberíamos mostrar interés por el problema que aflige al alumno, escucharle, apoyarle y tratar de que se sienta mejor. Es cierto que los adolescentes magnifican pequeños escollos del día a día que con el tiempo, a veces incluso en pocas horas, devienen intrascendentes. A diario los profesores de secundaria gestionamos salidas de tono de chicas y chicos que parecen hacer una montaña de un grano de arena. No se lo reprocho. Bastante hacen con gestionar sus hormonas, su situación en tierra de nadie (no son niños porque empiezan a madurar y pensar como adultos, pero no son adultos). Tampoco censuro a quien considera que sus problemas, a veces nimios, son lo peor de este mundo, al contrario, qué suerte que eso sea lo peor que te haya pasado, porque, si tiene solución, no es tan grave.

En todos los casos, tanto de adultos como de jóvenes, cuando alguien cree que su problema es lo más grave, no necesita que nadie minimice ni, peor aún, ridiculice lo que le pasa ni cómo se siente; al contrario, un poco de consuelo, de relativizar sus preocupaciones, pero con compasión y con comprensión, puede ser la manera de ayudarle y de hacerle sentir mejor. Aunque creamos que no es tan grave, no ponerse en su lugar también sería individualista por nuestra parte.



Marta Montañez (16-02-2020)

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