Leía el otro día un
artículo del Diario Jaén sobre el individualismo (1).
Precisamente, si hay un colectivo individualista por excelencia es el de los
adolescentes, las personas con las que trabajo a diario. Ese individualismo de
los chavales se asocia en la mayoría de ocasiones a un pensamiento egocéntrico
(el adolescente solo piensa en sí mismo) y egoísta (el adolescente cree que lo
suyo es lo más importante).
Pero no solo las
personas de este grupo de edad son individualistas. Ese rasgo traspasa la
barrera hacia la mayoría de edad y es visible en muchos ámbitos: el laboral,
las relaciones sociales, el amor, la política, el deporte… Muchos prefieren
pensar en sí mismos y no en el colectivo, o creen que podrán conseguir el éxito
ellos solos. Sobre esta dicotomía resuena la discusión entre Fernando y Urbano,
dos personajes de la fantástica Historia
de una escalera, de Antonio Buero Vallejo (escenificada estos días en el
Colegio San Juan Bosco de Valencia) y que representan, precisamente, esos dos
puntos de vista enfrentados: ‘trabajo pensando en mí’ frente a ‘trabajo pensando
en mí pero también en los demás’.
Al final, la postura
que tiene en cuenta al prójimo es la que suele triunfar, porque somos seres
sociales y, por mucho que a algunos no les guste, vivimos en sociedad, convivimos con otros, no aislados ni marginados.
Nuestro trabajo no solo nos proporciona un beneficio propio, sino que redunda
también a favor de más personas.
De igual modo, el
individualismo se ve también cuando sobreviene un problema o una dificultad. A
cada persona le parece que lo suyo siempre es más grave, más importante. En
cierto modo, es así, es lógico que aquello que nos afecta directamente, nos
parezca más relevante que lo que preocupa o sufren los demás. Si un adolescente
suspende un examen, aunque en las noticias alguien haya fallecido en un
accidente, su examen le parece más importante, aunque para los demás, solo sea
un examen. Este es un caso extremo, pero en la vida también sucede cuando
alguien tiene un problema con solución y que se puede resolver o que no reviste
demasiada gravedad.
Me explico. Si alguien
complemente sano, que nunca se suele poner enfermo, tiene un pequeño percance y
se hace un esguince o sufre una rotura, al verse impedido, siquiera de forma
temporal, siente que es lo peor que le ha pasado en la vida. Su brazo, o su
pierna, o su mano, o su clavícula, la parte que tenga dañada, le resultarán lo
más relevante y lo más grave del mundo mientras dure su recuperación. Si esa
misma persona sufriera una experiencia traumática por un problema de salud más
grave, o por la pérdida de un ser querido, por ejemplo, su pie roto le parecía
menos importante, pero, hasta ese momento, su rotura es lo principal, es lo que
más le preocupa, y es lógico, porque no le ha sucedido nada peor.
Muchas veces, ante
problemas ajenos de poca o mediana importancia, nos mostramos impasibles o, en
el mejor de los casos, minimizamos la situación que está viviendo el otro. En
ocasiones, porque hemos sufrido experiencias peores, o porque no hemos pasado
por su situación y desde fuera no nos parece preocupante, o porque tenemos
otras cuestiones en las que pensar o consideramos que nuestros pequeños y
medianos problemas son tan graves o más que los del otro. Esto sucede, pongamos
por caso, cuando algunas personas mayores comentan sus achaques, enzarzándose a
veces en una especie de competición a ver quién está peor: “estoy fatal de la
pierna, no puedo dar un paso” (se lamenta una); “¡uy! Si supieras cómo tengo yo
el ojo, que no veo casi nada, y no me quejo” (replica la otra); “eso no es
nada, yo tengo unos dolores que no me dejan dormir y nada me hace efecto”
(remata una tercera).
Este ejemplo puede
servir de muestra de ese individualismo, que no siempre es falta de solidaridad
ni de empatía, sino, simplemente, una forma de reivindicar lo propio, de darle
relevancia, de hacer partícipes a los demás de cómo nos sentimos y, en última
instancia, es una manera de pedir consuelo, de sentirnos comprendidos y
apoyados.
En efecto, aunque esa
forma de pensar en uno mismo, ese modo de ser individualista parezca fruto del
egoísmo, cuando se produce en el ámbito educativo, los docentes deberíamos
mostrar interés por el problema que aflige al alumno, escucharle, apoyarle y
tratar de que se sienta mejor. Es cierto que los adolescentes magnifican
pequeños escollos del día a día que con el tiempo, a veces incluso en pocas horas,
devienen intrascendentes. A diario los profesores de secundaria gestionamos
salidas de tono de chicas y chicos que parecen hacer una montaña de un grano de
arena. No se lo reprocho. Bastante hacen con gestionar sus hormonas, su
situación en tierra de nadie (no son niños porque empiezan a madurar y pensar como
adultos, pero no son adultos). Tampoco censuro a quien considera que sus
problemas, a veces nimios, son lo peor de este mundo, al contrario, qué suerte
que eso sea lo peor que te haya pasado, porque, si tiene solución, no es tan
grave.
En todos los casos,
tanto de adultos como de jóvenes, cuando alguien cree que su problema es lo más
grave, no necesita que nadie minimice ni, peor aún, ridiculice lo que le pasa
ni cómo se siente; al contrario, un poco de consuelo, de relativizar sus
preocupaciones, pero con compasión y con comprensión, puede ser la manera de
ayudarle y de hacerle sentir mejor. Aunque creamos que no es tan grave, no
ponerse en su lugar también sería individualista por nuestra parte.
Marta Montañez
(16-02-2020)