Asistimos día a día a una serie
de actos inmorales que reflejan cómo es nuestra sociedad, protegidos por el
escudo que como bastión enarbolan quienes utilizan los medios para lanzar
improperios execrables contra otras personas vivas o muertas, y apostillan que
la libertad de expresión les permite decir todo lo que piensan: “es mi opinión”,
“hay que respetarla”. No, tu opinión es la que debe respetar a los demás.
A diario se vierten toda una
serie de mensajes y opiniones que, si bien en el ámbito privado no pueden
censurarse -pues cada uno tiene la opinión que tiene, más o menos formada
basada en su experiencia o en su visión particular del mundo- en el momento en
que se difunde de forma pública no siempre es aceptable y no todo puede
argumentarse ni justificarse a partir del principio de libertad de expresión.
Esta tendencia a verbalizar
cualquier opinión, positiva o negativa, sobre cualquier suceso o realidad se
encuentra también en los adolescentes, que justifican sus valoraciones
negativas afirmando que les ampara la libertad de expresión. En otros casos,
aderezan sus afirmaciones con comentarios que van más allá de la opinión en
contra y se muestran abiertamente intolerantes, bordes y hasta crueles. También
ahí aducen el escudo de la libertad de expresión. Incluso se justifican
asegurando que lo que opinan es verdad, como si ‘la verdad’ fuera propiedad de
alguien y no una percepción particular de la realidad, un mero punto de vista.
No todo vale. Por el contrario,
debe tenerse especial cuidado a la hora de expresar opiniones y juicios de
valor negativos (máxime si se habla de personas fallecidas que ya no pueden
defenderse), porque, al final, estos delitos verbales -que lo son y han de
tipificarse de ese modo- no tienen ninguna consecuencia: sobreviven con total
impunidad; la misma impunidad de los corruptos, la misma impunidad de múltiples
delitos que no tienen consecuencias, la misma impunidad que miles de personas
sufren cuando quienes mandan les dejan morir de inanición porque son
irregulares o porque están en situación irregular, la misma impunidad de los
chavales maleducados o malcriados, la misma impunidad de los adolescentes que
campan a sus anchas en centros de secundaria maltratando a sus profesores... en
fin, la misma impunidad de quienes no educan ni se preocupan por los más
jóvenes.
La libertad de expresión es
necesaria, imprescindible en un estado de derecho, en una sociedad democrática,
es una garantía más del sistema, pero no puede ser la justificación a todo, a
la maldad, a la mala educación, a la inmoralidad o la falta de respeto y de tolerancia.
Ese modelo de libertad de expresión no es el que cabe enseñar a los chavales,
sino, más bien al contrario, a utilizarla con autonomía, con el valor social y
moral que tiene, pero con responsabilidad y como un derecho, no como una excusa
para maltratar verbalmente a los demás.
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