domingo, 20 de octubre de 2019

El profesor bajo la lupa

El ejercicio docente no está exento de complicaciones para quién, según la ley, es considerado ya una autoridad. En el caso del profesorado, la presunción de inocencia de nuestra imparcialidad, profesionalidad y saber hacer chocan con aquello de “el cliente siempre tiene la razón”, en esta ocasión, el alumno o alumna que impugna un examen.

En las pruebas de acceso a la universidad de la Comunidad Valenciana existen dos modalidades de reclamación: la revisión (para comprobar que se han sumado bien todas las preguntas) y la segunda corrección (en que se solicita que otro profesor vuelva a corregir el examen). Personalmente, como miembro de las PAU en años anteriores, me he encontrado con la ingrata tarea de tener que someter a segunda corrección un examen previamente evaluado por un compañero y cuya nota no era del agrado del alumno. En otros casos, han sido alumnos míos los que han pedido una segunda corrección al considerar que la nota estaba muy por debajo de sus capacidades. En ambos casos, tanto si se solicita revisión como corrección, siempre se advierte al alumnado de que la nota puede incluso reducirse, pero quizás se ha podido producir un error al efectuar el recuento de las partes y, con una simple revisión, se detecta el fallo y se subsana. Si tras revisarlo se comprueba que no es ningún error y que, en efecto, el alumno ha realizado un examen peor de lo que esperaba, la nota se queda como está, e incluso si hubiera un error a la baja, en la práctica no se le descuenta más al examen puesto que normalmente ya suele está suspendido.

Ahora bien, cuando el alumno no pide una revisión sino una nueva corrección, entonces se han de aplicar los criterios que objetivamente se habían propuesto, y si la nota es menor, o incluso significativamente menor, no hay más remedio que bajarla. En nuestra materia, por ejemplo, la que estudia la lengua castellana y su literatura, la ortografía suele estar sancionada en caso de no ajustarse a la norma, y este nivel de 2º de bachillerato se pueden descontar hasta tres puntos del total de la prueba. En ocasiones, he corregido exámenes reclamados -suspendidos- a los que no se les había descontado la ortografía, porque ya de por sí estaban suspendidos y, quizá, el corrector no quiso hacer más sangre.

Al margen de la prueba selectiva, también en los centros educativos de secundaria pueden solicitarse reclamaciones de notas. La diferencia es que, en algunos casos, lo que se pone en duda ya no es una equivocación simple en la corrección (no sumar una pregunta), sino una mala praxis y un error en la aplicación de los criterios de calificación. Lo que se cuestiona ya no es la nota del examen, sino la capacidad del profesor, que es a quien de verdad se sitúa bajo la lupa, y la presunción de inocencia se pierde en formulismos y protocolos. Al docente se le exige entonces que aporte una documentación extensísima y que revise toda la información proporcionada al alumno (porcentajes, criterios de evaluación, estándares de aprendizaje, indicadores de logro por contenidos... y toda la nomenclatura que condensa la LOMCE exquisitamente abigarrada).

En concreto, hace unos días un par de compañeros se vieron en la penosa obligación (no reconocida ni remunerada, ni compensada en modo alguno), de instruir un procedimiento de reclamación de sendos exámenes de 4º de ESO y de 2º de Bachillerato en los que, a fin de cuentas, ya no se evaluaba si la alumna o alumno en cuestión había respondido correctamente y se había ajustado a las preguntas, sino que se cuestionaba la programación didáctica del departamento, se enjuiciaba si las preguntas tenían indicado no solo el valor concreto sino también la penalización por cada error y otra serie de circunstancias que no valoraban si, en definitiva, el examen merecía un aprobado o un suspenso, sino cuestiones ajenas al examen (si en la segunda corrección estaba o no presente el jefe de estudios, por ejemplo), como vía única para superar la materia a toda costa.

No cuesta imaginar a ese docente, con un alumno que no merece aprobar ni aplicando los criterios y toda la propuesta docente descrita en la programación, ni tampoco por su actitud, por la adquisición de competencias, ni por el interés, ni por ninguna razón. Quizá no es el caso de este alumno y era realmente injusto que suspendiera, pero, según me cuentan los profesores de esta 3ª corrección (porque la 2ª ya la hizo otro profesor del mismo centro y esta tercera se encarga a un centro distinto), los exámenes afectados no solo no estaban mal evaluados, sino que, además, estaban calificados al alza. Pero no importa, quien es obligado a dar explicaciones, a presentar documentación, a aclarar sus criterios (publicados y refrendados en la programación y, por tanto, no particulares, ni aleatorios) es el docente.

Por desgracia, con demasiada frecuencia somos el foco de atención: no motivamos, no innovamos, somos los responsables del fracaso escolar, no atendemos a la diversidad ni aplicamos la metodología más adecuada... En realidad, podríamos identificarnos con los entrenadores deportivos, nunca somos lo suficientemente buenos: cuando el pupilo va bien, triunfa, es que es un genio, y solo nos acordamos del maestro o del preparador cuando no se consiguen los objetivos.

Los docentes no somos infalibles y no todos tenemos la misma vocación, ni nos implicamos lo mismo en nuestra tarea, pero de ahí a cuestionarnos, a ponernos siempre bajo la lupa de la sospecha, de la duda y de la falta de profesionalidad, hay un largo camino. Deberíamos empezar a ser considerados de verdad una autoridad, alguien que sabe lo que hace, un guía, y ser respetados y mejor valorados.


Marta Montañez (18-20/10/2019)

viernes, 4 de octubre de 2019

Impunidad moral y libertad expresión

Asistimos día a día a una serie de actos inmorales que reflejan cómo es nuestra sociedad, protegidos por el escudo que como bastión enarbolan quienes utilizan los medios para lanzar improperios execrables contra otras personas vivas o muertas, y apostillan que la libertad de expresión les permite decir todo lo que piensan: “es mi opinión”, “hay que respetarla”. No, tu opinión es la que debe respetar a los demás.

A diario se vierten toda una serie de mensajes y opiniones que, si bien en el ámbito privado no pueden censurarse -pues cada uno tiene la opinión que tiene, más o menos formada basada en su experiencia o en su visión particular del mundo- en el momento en que se difunde de forma pública no siempre es aceptable y no todo puede argumentarse ni justificarse a partir del principio de libertad de expresión.

Esta tendencia a verbalizar cualquier opinión, positiva o negativa, sobre cualquier suceso o realidad se encuentra también en los adolescentes, que justifican sus valoraciones negativas afirmando que les ampara la libertad de expresión. En otros casos, aderezan sus afirmaciones con comentarios que van más allá de la opinión en contra y se muestran abiertamente intolerantes, bordes y hasta crueles. También ahí aducen el escudo de la libertad de expresión. Incluso se justifican asegurando que lo que opinan es verdad, como si ‘la verdad’ fuera propiedad de alguien y no una percepción particular de la realidad, un mero punto de vista.

No todo vale. Por el contrario, debe tenerse especial cuidado a la hora de expresar opiniones y juicios de valor negativos (máxime si se habla de personas fallecidas que ya no pueden defenderse), porque, al final, estos delitos verbales -que lo son y han de tipificarse de ese modo- no tienen ninguna consecuencia: sobreviven con total impunidad; la misma impunidad de los corruptos, la misma impunidad de múltiples delitos que no tienen consecuencias, la misma impunidad que miles de personas sufren cuando quienes mandan les dejan morir de inanición porque son irregulares o porque están en situación irregular, la misma impunidad de los chavales maleducados o malcriados, la misma impunidad de los adolescentes que campan a sus anchas en centros de secundaria maltratando a sus profesores... en fin, la misma impunidad de quienes no educan ni se preocupan por los más jóvenes.

La libertad de expresión es necesaria, imprescindible en un estado de derecho, en una sociedad democrática, es una garantía más del sistema, pero no puede ser la justificación a todo, a la maldad, a la mala educación, a la inmoralidad o la falta de respeto y de tolerancia. Ese modelo de libertad de expresión no es el que cabe enseñar a los chavales, sino, más bien al contrario, a utilizarla con autonomía, con el valor social y moral que tiene, pero con responsabilidad y como un derecho, no como una excusa para maltratar verbalmente a los demás.  

Marta Montañez (26-01-2017 / 04-10-2019)