domingo, 20 de octubre de 2019

El profesor bajo la lupa

El ejercicio docente no está exento de complicaciones para quién, según la ley, es considerado ya una autoridad. En el caso del profesorado, la presunción de inocencia de nuestra imparcialidad, profesionalidad y saber hacer chocan con aquello de “el cliente siempre tiene la razón”, en esta ocasión, el alumno o alumna que impugna un examen.

En las pruebas de acceso a la universidad de la Comunidad Valenciana existen dos modalidades de reclamación: la revisión (para comprobar que se han sumado bien todas las preguntas) y la segunda corrección (en que se solicita que otro profesor vuelva a corregir el examen). Personalmente, como miembro de las PAU en años anteriores, me he encontrado con la ingrata tarea de tener que someter a segunda corrección un examen previamente evaluado por un compañero y cuya nota no era del agrado del alumno. En otros casos, han sido alumnos míos los que han pedido una segunda corrección al considerar que la nota estaba muy por debajo de sus capacidades. En ambos casos, tanto si se solicita revisión como corrección, siempre se advierte al alumnado de que la nota puede incluso reducirse, pero quizás se ha podido producir un error al efectuar el recuento de las partes y, con una simple revisión, se detecta el fallo y se subsana. Si tras revisarlo se comprueba que no es ningún error y que, en efecto, el alumno ha realizado un examen peor de lo que esperaba, la nota se queda como está, e incluso si hubiera un error a la baja, en la práctica no se le descuenta más al examen puesto que normalmente ya suele está suspendido.

Ahora bien, cuando el alumno no pide una revisión sino una nueva corrección, entonces se han de aplicar los criterios que objetivamente se habían propuesto, y si la nota es menor, o incluso significativamente menor, no hay más remedio que bajarla. En nuestra materia, por ejemplo, la que estudia la lengua castellana y su literatura, la ortografía suele estar sancionada en caso de no ajustarse a la norma, y este nivel de 2º de bachillerato se pueden descontar hasta tres puntos del total de la prueba. En ocasiones, he corregido exámenes reclamados -suspendidos- a los que no se les había descontado la ortografía, porque ya de por sí estaban suspendidos y, quizá, el corrector no quiso hacer más sangre.

Al margen de la prueba selectiva, también en los centros educativos de secundaria pueden solicitarse reclamaciones de notas. La diferencia es que, en algunos casos, lo que se pone en duda ya no es una equivocación simple en la corrección (no sumar una pregunta), sino una mala praxis y un error en la aplicación de los criterios de calificación. Lo que se cuestiona ya no es la nota del examen, sino la capacidad del profesor, que es a quien de verdad se sitúa bajo la lupa, y la presunción de inocencia se pierde en formulismos y protocolos. Al docente se le exige entonces que aporte una documentación extensísima y que revise toda la información proporcionada al alumno (porcentajes, criterios de evaluación, estándares de aprendizaje, indicadores de logro por contenidos... y toda la nomenclatura que condensa la LOMCE exquisitamente abigarrada).

En concreto, hace unos días un par de compañeros se vieron en la penosa obligación (no reconocida ni remunerada, ni compensada en modo alguno), de instruir un procedimiento de reclamación de sendos exámenes de 4º de ESO y de 2º de Bachillerato en los que, a fin de cuentas, ya no se evaluaba si la alumna o alumno en cuestión había respondido correctamente y se había ajustado a las preguntas, sino que se cuestionaba la programación didáctica del departamento, se enjuiciaba si las preguntas tenían indicado no solo el valor concreto sino también la penalización por cada error y otra serie de circunstancias que no valoraban si, en definitiva, el examen merecía un aprobado o un suspenso, sino cuestiones ajenas al examen (si en la segunda corrección estaba o no presente el jefe de estudios, por ejemplo), como vía única para superar la materia a toda costa.

No cuesta imaginar a ese docente, con un alumno que no merece aprobar ni aplicando los criterios y toda la propuesta docente descrita en la programación, ni tampoco por su actitud, por la adquisición de competencias, ni por el interés, ni por ninguna razón. Quizá no es el caso de este alumno y era realmente injusto que suspendiera, pero, según me cuentan los profesores de esta 3ª corrección (porque la 2ª ya la hizo otro profesor del mismo centro y esta tercera se encarga a un centro distinto), los exámenes afectados no solo no estaban mal evaluados, sino que, además, estaban calificados al alza. Pero no importa, quien es obligado a dar explicaciones, a presentar documentación, a aclarar sus criterios (publicados y refrendados en la programación y, por tanto, no particulares, ni aleatorios) es el docente.

Por desgracia, con demasiada frecuencia somos el foco de atención: no motivamos, no innovamos, somos los responsables del fracaso escolar, no atendemos a la diversidad ni aplicamos la metodología más adecuada... En realidad, podríamos identificarnos con los entrenadores deportivos, nunca somos lo suficientemente buenos: cuando el pupilo va bien, triunfa, es que es un genio, y solo nos acordamos del maestro o del preparador cuando no se consiguen los objetivos.

Los docentes no somos infalibles y no todos tenemos la misma vocación, ni nos implicamos lo mismo en nuestra tarea, pero de ahí a cuestionarnos, a ponernos siempre bajo la lupa de la sospecha, de la duda y de la falta de profesionalidad, hay un largo camino. Deberíamos empezar a ser considerados de verdad una autoridad, alguien que sabe lo que hace, un guía, y ser respetados y mejor valorados.


Marta Montañez (18-20/10/2019)

viernes, 4 de octubre de 2019

Impunidad moral y libertad expresión

Asistimos día a día a una serie de actos inmorales que reflejan cómo es nuestra sociedad, protegidos por el escudo que como bastión enarbolan quienes utilizan los medios para lanzar improperios execrables contra otras personas vivas o muertas, y apostillan que la libertad de expresión les permite decir todo lo que piensan: “es mi opinión”, “hay que respetarla”. No, tu opinión es la que debe respetar a los demás.

A diario se vierten toda una serie de mensajes y opiniones que, si bien en el ámbito privado no pueden censurarse -pues cada uno tiene la opinión que tiene, más o menos formada basada en su experiencia o en su visión particular del mundo- en el momento en que se difunde de forma pública no siempre es aceptable y no todo puede argumentarse ni justificarse a partir del principio de libertad de expresión.

Esta tendencia a verbalizar cualquier opinión, positiva o negativa, sobre cualquier suceso o realidad se encuentra también en los adolescentes, que justifican sus valoraciones negativas afirmando que les ampara la libertad de expresión. En otros casos, aderezan sus afirmaciones con comentarios que van más allá de la opinión en contra y se muestran abiertamente intolerantes, bordes y hasta crueles. También ahí aducen el escudo de la libertad de expresión. Incluso se justifican asegurando que lo que opinan es verdad, como si ‘la verdad’ fuera propiedad de alguien y no una percepción particular de la realidad, un mero punto de vista.

No todo vale. Por el contrario, debe tenerse especial cuidado a la hora de expresar opiniones y juicios de valor negativos (máxime si se habla de personas fallecidas que ya no pueden defenderse), porque, al final, estos delitos verbales -que lo son y han de tipificarse de ese modo- no tienen ninguna consecuencia: sobreviven con total impunidad; la misma impunidad de los corruptos, la misma impunidad de múltiples delitos que no tienen consecuencias, la misma impunidad que miles de personas sufren cuando quienes mandan les dejan morir de inanición porque son irregulares o porque están en situación irregular, la misma impunidad de los chavales maleducados o malcriados, la misma impunidad de los adolescentes que campan a sus anchas en centros de secundaria maltratando a sus profesores... en fin, la misma impunidad de quienes no educan ni se preocupan por los más jóvenes.

La libertad de expresión es necesaria, imprescindible en un estado de derecho, en una sociedad democrática, es una garantía más del sistema, pero no puede ser la justificación a todo, a la maldad, a la mala educación, a la inmoralidad o la falta de respeto y de tolerancia. Ese modelo de libertad de expresión no es el que cabe enseñar a los chavales, sino, más bien al contrario, a utilizarla con autonomía, con el valor social y moral que tiene, pero con responsabilidad y como un derecho, no como una excusa para maltratar verbalmente a los demás.  

Marta Montañez (26-01-2017 / 04-10-2019)

martes, 18 de junio de 2019

Gamificación o el mito de la innovación

En educación, como en muchas otras áreas, parece observarse un constante interés por innovar e introducir metodologías y técnicas nuevas nunca vistas ni oídas -como dirían los clásicos-, y con las que supuestamente se mejoren la calidad y el éxito educativos. Esta insistencia (convertida en exigencia) condiciona tanto a los nuevos docentes que se enfrentan a un tribunal de oposición -en que se les piden, entre otras habilidades,  originalidad, creatividad e innovación en la presentación de los materiales y en las metodologías-, como a los que ya ejercemos desde hace un tiempo y que no queremos parecer anquilosados en el pasado.

Sin embargo, lo que se observa en muchos casos es, por una parte, la propuesta de técnicas novedosas que, en realidad, ya se venían utilizando tal cual o con otros nombres desde hace tiempo; o bien la opción de innovar por innovar, donde se pierde el fin último de ese procedimiento, y la técnica o metodología se convierten en un fin en sí mismo. Dicho de otro modo, se incluye, por ejemplo, una aplicación tecnológica para crear una actividad o tarea o proyecto, que a veces supone un (sobre)esfuerzo para comprender y aprender a manejar esa aplicación, además de los recursos y requisitos técnicos que se necesitan: ya no solo un dispositivo conectado a Internet, sino un determinado procesador o un navegador que puede no ser el que utilizamos habitualmente, o incluso está pensado para otro sistema operativo o debes descargarte software adicional... De modo que, para cuando te pones a hacer la tarea, ya has perdido el objetivo para el que había sido diseñada o propuesta.

En el primer caso, en el de nombres nuevos para enfoques viejos (parafraseando la parábola “vino nuevo en odres viejos”), muchas veces se presenta como innovador un método educativo que en absoluto supone una novedad, sino que es una idea ya presente en las aulas, e incluso a veces en las teorías didácticas clásicas. Decir que todo está inventado puede parecer agorero, apocalíptico o de persona pesimista o negativa, pero en cierto modo, muchas de las metodologías que se proponen como novedades realmente no lo son.

Uno de los conceptos que aparecen en esas nuevas metodologías es la idea de la gamificación, a partir del término inglés game, que implica la incorporación del juego como estrategia de aprendizaje. Vamos, lo que llevan haciendo los docentes de infantil desde el principio de los tiempos, eso que ya había sido definido por Horacio como docere et delectare, es decir, enseñar deleitando y qué mejor deleite que el juego.

En realidad, hay una idea subyacente en todas esas propuestas a la que yo denomino el mito de la innovación, según el cual se percibe que toda innovación es buena en sí misma, innovar es bueno per se; de modo que es bienvenida cualquier propuesta que nos suene a modernidad o que venga de otra lengua como el inglés o que se esté trabajando en otras universidades, porque siempre parece que la universidad sea más moderna que el resto de niveles educativos (y, en cierto modo, así lo es, porque se les exige mucho más en la parte de investigación y formación del profesorado y no solo en la docencia).

Lo que me parece peligroso de ese innovar por innovar es el abandono de ciertas metodologías que siguen siendo eficaces, especialmente atendiendo a determinados contenidos. Mi concepción metodológica ha sido siempre ecléctica: la de tratar de adaptar de cada método de enseñanza-aprendizaje lo más adecuado, ya no solo al tipo de alumno, sino sobre todo a cada contenido. Hay determinados conceptos o partes del temario que se ajustan mejor a una determinada metodología que resulta más efectiva y permite obtener resultados más exitosos, porque con un menor coste se obtiene un aprendizaje en un tiempo razonable. En estos casos, optar por un método más innovador no siempre es adecuado, ya que, en realidad, se incrementa el esfuerzo que debe hacer el aprendiz y no siempre se garantiza un aprendizaje más eficiente, en mi opinión.

Otro error metodológico, a mi parecer, es el de aplicar una misma metodología a todo tipo de contenidos. Por ejemplo, ahora que está tan de moda trabajar todo por proyectos: la literatura, la sintaxis, la ortografía... No digo que el aprendizaje basado en proyectos (ABP) no sea útil ni eficaz, solo considero que no tiene por qué serlo para todo el temario o para todo tipo de alumnado. Además, y volviendo a lo ya dicho sobre ‘el vino nuevo en odres viejos’, aunque más bien sería ‘el vino viejo’ (los contenidos de siempre) en ‘odres nuevos’ (los nuevos moldes o cauces educativos, los nuevos métodos), muchas veces se dice que se está trabajando “por proyectos” -eso que hasta hace poco era el enfoque por tareas- pero, en realidad, los alumnos siguen haciendo el mismo tipo de ejercicios, solo que enmarcados en un plan algo mayor al que llamamos ‘proyecto’ porque queda muy moderno. De nuevo, el mito de la innovación: estoy innovando porque estoy haciendo un proyecto, aunque mis alumnos sigan estudiando literatura como toda la vida, pero yo digo que están haciendo un proyecto. También lo podríamos llamar postureo metodológico (aprovechando el neologismo que gracias a las redes sociales hemos adoptado y que toda la vida se ha llamado querer aparentar).

La metodología es un instrumento al servicio del contenido, del aprendizaje, debe evolucionar y experimentarse, forma parte de la investigación docente y debe constituir una tarea más del profesor buscar el mejor y más eficaz método de enseñanza-aprendizaje para el éxito de sus alumnos, y debería ser flexible, para poder adaptarse a la materia que estemos dando y al perfil de quienes aprenden. La metodología no puede ser solo un fin en sí mismo. La pedagogía teórica es necesaria, pero debe tener un refrendo práctico, ensayarse y modificarse cuantas veces sea necesario, y no desplazar al verdadero objeto de estudio que es nuestra materia. Si los métodos que utilizamos suponen un sobreesfuerzo para el alumno, que se pierde en programas, técnicas o aplicaciones que muchas veces solo sirven para que ‘quede más chulo’, pero no les aportan nada como medio de aprendizaje, no serán métodos eficaces y deberían repensarse para hacerlos verdaderamente efectivos.

En síntesis, innovar es bueno en la medida en que aporte alguna ventaja a lo ya existente, no debe ser un fin en sí mismo. Lo preocupante de innovar por innovar es el abandono de esas viejas metodologías que sí que funcionan, porque se pierde el objetivo de la metodología como instrumento y no como objeto de estudio.

Marta Montañez (20-2-19 / 16-06-19)

domingo, 16 de junio de 2019

Doce días...

Doce días.
Silencio, soledad, vacío.

Doce días.
Tristeza, pena, castigo,
ausencia, cárcel, martirio.

Doce días.
Maldita, apestada, tóxica,
enemiga, peligro... destino.

Doce días.
Palabras lejanas, fotos y vídeos,
mensajes, llamadas, pero sin mi hijo.

Doce días: semana y pico.
Doce días. El tiempo es el mismo.
Doce días. Prisión en libertad,
distancia o sacrificio.

Separación forzosa, fortaleza,
resignación y cariño contra el olvido.
Doce días, doce años, doce siglos...

Cada cual por su camino,
soñando con el reencuentro,
y olvidando lo malo vivido.

Marta Montañez (10-02-2019)


martes, 19 de febrero de 2019

Derechos, deberes y obligaciones

Hace un tiempo inicié una publicación para el blog que trataba sobre la polémica acerca de los deberes para adolescentes y escolares. Aquel artículo lo empecé por el mes de noviembre de 2016, pero ahora es cuando he tenido más tiempo para darle forma y publicarlo, animada por diversas lecturas.

Precisamente, aquel mes de noviembre arrancaba (además de con nuevo gobierno -ya era hora-, pensaba yo, y en este momento, qué casualidad, también hay previstas unas elecciones) con la noticia de la 'huelga de deberes' propuesta por algunoscolectivos de progenitores y tutores legales del alumnado. También hacia finales del año pasado, 2018, se publicó una Ley en la Comunitat Valenciana sobre Derechos y garantías de la infancia y la adolescencia (nada dice de deberes ni obligaciones) que sugiere la conveniencia de no solicitar demasiadas tareas fuera del aula. Así lo expresa en el apartado 3 del Artículo 69. Contribución de los centros educativos al derecho al desarrollo a través del ocio y del deporte

3. Durante las etapas de educación obligatoria se procurará que la mayor parte de las actividades de aprendizaje programadas puedan realizarse dentro de la jornada lectiva, de manera que las que tengan que realizarse fuera de ella no menoscaben el derecho del alumnado al ocio, al deporte y a la participación en la vida social y familiar.

(LEY 26/2018, de 21 de diciembre, de la Generalitat, de derechos y garantías de la Infancia y la adolescencia. [2018/12057], publicada en el DOGV, 24/12/2018, p. 49654)

El tema se presta a la polémica y al intercambio de argumentos.

Como docente (y también como alumna, pues nunca dejamos de aprender y, además, la profesión obliga a la mejora y a la formación continuas) considero, humildemente, que el proceso educativo consta de varias fases. Una de ellas se realiza en grupo, es presencial, sirve para presentar los contenidos, explicarlos, practicarlos, aclararlos, corregir errores, resolver dudas, trabajar en grupo... todo lo que permite la escuela, instituto, academia o universidad, la clase propiamente dicha, ese banco de pruebas que constituye el aula, el laboratorio o cualquiera de las dependencias de un centro de formación. Sin embargo, a mi modo de ver, ahí no acaba el proceso de enseñanza-aprendizaje, debe haber un espacio de trabajo autónomo, de estudio individual, de enfrentarse a los problemas y ser capaz de resolverlos, si uno no sabe trabajar solo, creo que será difícil que sepa después trabajar en equipo o de forma cooperativa.

Leía recientemente el fantástico y acertado manual de Nando López (Dilo en voz alta y nos reímos todos. Manual (gamberro) de supervivencia en secundaria) en el que el autor se muestra en contra de ‘los deberes’, incluso habla de ‘padres que se sacan la ESO’. Otro ejemplo se encontraba, precisamente a finales de 2016, en un anuncio de una famosa tienda de muebles sueca sobre la necesidad de pasar más tiempo en familia, celebrar las cenas y tener menos deberes. Era, como toda la de esta empresa, una publicidad muy sugerente y que hace reflexionar sobre la importancia del tiempo en familia. Sin embargo, es paradójico que una empresa con horarios tan amplios critique la falta de tiempo de los hijos con los padres, cuando sus empleados llegarán a casa a unas horas en que sus hijos, probablemente, habrán cenado y ya estarán descansando... Pero ese es otro tema.

Sirvan ambos ejemplos para mostrar que la oposición a los deberes surge tanto desde voces ligadas a la educación, con experiencia, que saben lo que se cuece en un aula; como de cualquier persona que tenga niños cerca y que opina sobre los deberes (y sobre cualquier aspecto de la educación). Efectivamente, las tareas individuales ocupan un tiempo que el niño o el adolescente podrían dedicar a otras actividades (lúdicas, deportivas, creativas, artísticas...), de hecho, muchos las realizan también. Pero esa fase de ‘aprendizaje autónomo’, por llamarla de algún modo, es necesaria, en mi opinión, y considero que excede los límites de la clase. Asimismo, activa destrezas y habilidades en el aprendiz, como el orden y la organización de materiales, la búsqueda y selección de información nueva o ampliada, la resolución de problemas con los propios recursos o la determinación de dudas, dificultades o aspectos mejorables. De igual modo, sirve para afianzar conocimientos, como práctica cuando se trata de un aprendizaje complejo o que requiere de una ejercitación extra para asimilarse (en términos de competencias, que tanto gustan a la LOMCE, no solo se trabaja el ‘saber’ sino el ‘saber hacer’ y hasta el ‘saber ser’, porque significa asumir obligaciones y responsabilidades).

Piénsese, por ejemplo, en la adquisición de un idioma o en aprender a tocar un instrumento musical, pongamos por caso, la guitarra. Tenemos a un alumno modélico que asiste a 3 horas semanales presenciales (son las que, de media, tiene una asignatura en la secundaria): atiende, participa, practica, sigue las instrucciones del docente, se equivoca, rectifica, practica en pareja, en pequeño equipo, con todo el grupo... Y se va a su casa, hasta la clase siguiente. ¿De verdad aprenderá a tocar (bien) la guitarra solo con las 3 sesiones semanales de clase? Ese es el argumento que muchos me dicen: ‘todo debería quedar explicado y trabajado en clase’, pues yo creo que si me apunto a clases de chino o ruso y solo estudio y practico 3 horas a la semana, no aprendo esa lengua en toda mi vida.

El otro aspecto de los dos ejemplos presentados es que se implica a los padres y familiares en la realización de esas tareas y eso, evidentemente, les resta tiempo para hacer otras actividades o desarrollar otras facetas. Aquí encuentro un grave error que nunca he apoyado: la responsabilidad en la realización de los deberes debe ser exclusiva del aprendiz, no de quienes le rodean. Bien es cierto que se puede preguntar una duda, consultar un problema o contrastar cierta información e, incluso, llegado el caso, contratar a un profesor particular o echar mano de un hermano mayor o del típico familiar al que se le da bien esa materia. Pero eso no puede convertirse en una costumbre, principalmente, porque se pierde uno de los objetivos actitudinales de los deberes: la autonomía.

Según mi experiencia, observo en mis estudiantes una tendencia hacia el reconocimiento de sus derechos pero un abandono o pasotismo hacia las obligaciones y los deberes (no solo los escolares). El Decreto 39/2008 se basa en estos tres valores para regular la convivencia en los centros, es decir, los derechos, los deberes, pero también las obligaciones del alumnado. De hecho, uno de los castigos formativos y pedagógicos que yo impongo a mis alumnos cuando no tienen un comportamiento adecuado en el aula es precisamente el de leer y copiar parte de este decreto, sobre todo, el bloque correspondiente a los deberes y obligaciones del alumno. En una época en la que todo está en internet, copiar se convierte en eso, en un castigo aunque realmente sigue siendo un procedimiento mnemotécnico de aprendizaje: tanto copiar un esquema o hacer un resumen, como anotar ideas importantes, constituyen formas de aprendizaje que parecen olvidadas (combinadas, eso sí, con tareas de aplicación y práctica) y el alumno a veces cree que solamente con leer un resumen de otro o ver un vídeo de internet va a aprender a hacer ciertas tareas (yo, por muchas veces que vea un vídeo de Javier Fernández haciendo un triple salchow o un doble axel soy incapaz siquiera de subirme en unos patines).

Copiar les parece aburrido pero surte efecto, porque ayuda a fijar contenidos. Insisto, no como única forma de aprendizaje. Algo similar sucede con la teoría y la memoria. Habrá quien considere que memorizar ya no es necesario, sino que más bien debe enseñarse a procesar, analizar y a transformar esa teoría en algo práctico o aplicable a muchas situaciones diferentes, dado que el alumno ha de saber adaptarse y ha de saber tener competencia estratégica, dicho de otro modo, aprovechar todos sus conocimientos y adaptarlos a nuevas situaciones que ni siquiera hayamos previsto.

Efectivamente, el concepto de enseñanza debe cambiar, porque la educación debe enfocarse en el futuro, no anclarse en el pasado; educamos a futuros ciudadanos, con nuevas necesidades, nuevos modelos laborales, más flexibles, menos mecánicos, y nuevas realidades, algunas aún no las imaginamos. Ahora bien, quizá, también debería cambiar la concepción que los alumnos tienen sobre la función de la escuela y el papel de los docentes.

En general, observo que el alumnado reconoce la escuela como un derecho inalienable (así lo marca la ley) pero también la concibe, sobre todo, como algo que merece. Del mismo modo considera que merece todas las cosas que tiene: merece un buen móvil, merece ropa de marca, merece extraescolares y profesores de ayuda en caso de que tenga dificultades en alguna materia... y normalmente los padres, aunque no tengan una buena economía, por el bien de los hijos, acceden a todo tipo de gastos para tratar de darles lo mejor, unas veces porque ellos no lo tuvieron y otras, porque no quieren que sus hijos perciban problemas familiares como las dificultades económicas.

Al hilo de este ‘derecho’ o de esa idea de ‘me lo merezco’ que exhiben algunas y algunos adolescentes, recuerdo un vídeo difundido hace unas semanas en el que un padre grababa a su hija mientras caminaba hacia la escuela porque se había negado a llevarla en coche, ya que había sido expulsada del autobús escolar por acosar a una compañera. La reacción de la hija en un primer momento había sido exigir a su padre que la llevase hasta el centro educativo pero este, a mi juicio con buen criterio, le había dicho que él no la iba a llevar, que era una obligación que no tenía por qué hacer o, más bien, que llevarla al colegio en su coche era un privilegio y ella no lo estaba agradeciendo, sino que daba por hecho que lo merecía y que no había ninguna razón para no llevarla. El padre consideraba que podía ser un buen castigo, dado que la causa de no poder ir a la escuela no era una avería del autobús, sino que había sido expulsada por acosar a otra persona y que eso debía tener consecuencias.

Muchos chavales piensan en la misma línea que la chica del vídeo: que los padres siempre van a estar ahí y van a hacer lo imposible por darles lo que ellos quieren y, en algunos casos, se muestran bastante desagradecidos con el esfuerzo de sus padres. A menudo les escucho decir que aunque suspendan no pasa nada porque su padre le contrata clases particulares, se creen con derecho a todo lo que los padres puedan darles y, lo peor, y el fin al que quería llegar, parece que no asumen demasiadas responsabilidades ni obligaciones.

Por ello, aunque no creo que solo copiar sea la solución, al hacerles leer y copiar (una pequeña parte) del decreto, pretendo hacerles ver que la escuela es un derecho, sí, pero también una oportunidad que no siempre agradecen lo suficiente y que también ellos deben asumir responsabilidades. Las tareas son una responsabilidad del alumnado y estoy a favor de ellas, lo que no apruebo es mandar cantidades imposibles de deberes, tareas, ejercicios, trabajos en grupo... Como bien dice la ley citada más arriba, ‘la mayoría’ de tareas deben realizarse en clase pero una pequeña parte, aunque sea mínima, debe practicarse de forma individualizada, autónoma.

Las tareas no son un deleite que nos inventamos los docentes para quitarles tiempo libre, sino parte de una planificación docente para crearles la oportunidad de practicar y ser capaces de enfrentarse a problemas y dificultades, hacerles competentes como personas autónomas y que asuman un papel activo en su formación y en su educación que es, en definitiva, lo que vienen aconsejando las leyes educativas en las últimas décadas, que el aprendiz sea el protagonista (no sus padres ayudándoles a hacer los deberes, ni los profesores, que solo somos guías), sino ellos enfrentándose a retos y problemas, dentro y fuera del aula, no solo en la zona de confort de la clase donde está el profesor para decirme los pasos que debo seguir sino practicando yo solo, con mi diccionario, con Internet, con los apuntes, como haría yo con mi guitarra intentando hacer sonar cada vez mejor esos acordes que tanto me cuestan.

25/1/2019 – 19/02/2019