Tras unos meses de obligado parón por razones de conciliación, retomo mi actividad bloguera con algunas reflexiones sobre la gramática en secundaria.
En artículos anteriores reflexioné sobre la enseñanza por ámbitos y una de las cuestiones que afloraba era la presencia o, mejor dicho, la ausencia de los contenidos y conocimientos gramaticales en algunos modelos metodológicos, que pretenden convertir las lenguas en meros instrumentos para la adquisición de otras materias y, con ello, se constata la paulatina desaparición de los contenidos gramaticales en secundaria, tanto en su vertiente teórica como en su aplicación práctica.
Muchos docentes argumentan que la gramática que se imparte en secundaria y, especialmente, en bachillerato, excede las necesidades comunicativas que pueden considerarse requisito para que el alumnado se gradúe, es decir, obtenga el nivel adecuado para proseguir estudios superiores. El argumento que aducen es que no todos los estudiantes de bachillerato acabarán en el grado de filología, ni siquiera en estudios del área de humanidades.
Por un lado,
en ocasiones, ciertos manuales, con un afán de dar informaciones completas,
incluyen contenidos gramaticales avanzados que quizá pueden resultar excesivos
para un grupo de bachillerato de nivel medio. Sin embargo, debemos
recordar que los manuales y libros de texto no son ‘el todo’ que debe aprender cada
estudiante en ese curso, sino que constituyen un material de estudio, un soporte,
donde pueden y deben encontrar información precisa, no sesgada ni manipulada,
accesible a su grado de conocimiento. En todo caso, se trata de una herramienta
que no es autónoma. Dicho de otro modo, no se espera que un alumno se estudie
el libro él solo ni lo sepa replicar de memoria, sino que cuenta con el auxilio
del docente en el proceso de aplicación a sus necesidades pedagógicas.
En efecto, será el profesorado quien, en función del grupo, seleccione no solo qué manual elige para sus clases, sino qué contenidos de ese manual va a utilizar y cómo utilizarlos. Para ello, suele contar con una guía didáctica, que contiene indicaciones de cómo rentabilizar el material que ofrece el libro de texto, suele incluir solucionarios, textos y tareas adicionales, actividades de refuerzo, de repaso… incluso modelos de test o examen, entre otros recursos pedagógicos. No se trata de utilizarlo todo ni de obligar a aprenderlo todo, sino de tener un abanico de posibilidades entre las que elegir lo más conveniente para cada grupo-clase y que puede ir variando a lo largo del curso.
Por otro lado, el hecho de que no todos los estudiantes vayan a terminar en estudios superiores de tipo humanístico no es óbice para que la (in)formación que reciben en secundaria sea completa, exhaustiva, acorde a la gramática vigente, que es la de la lengua actual, la que usamos, la que nos permite hacernos entender. Las materias de secundaria vienen recogidas y propuestas por la ley de educación vigente en cada momento, y tienen por objetivo dar un conocimiento general, para toda la vida. Tampoco todas acabarán siendo matemáticas, historiadoras o deportistas de élite, pero chicas y chicos tienen derecho, por ley, a recibir una formación integral, decidan lo que decidan el día de mañana.
La
controversia en la inclusión o no de contenidos gramaticales exhaustivos en
secundaria viene de años atrás. Para algunos, la gramática debe estar presente solo
de manera subsidiaria, como un mero soporte para la redacción y la comprensión
de textos y discursos en los que se desarrolle la competencia comunicativa,
pero sin necesidad de conocer la terminología o las cualidades gramaticales de
la lengua en que se expresan.
Para otros, el estudio sistematizado de la gramática debería desaparecer y centrarse solo en la práctica de la lectoescritura. Pero ¿cómo enseñar a escribir mejor sin explicar dónde se falla? ¿Cómo se corrige a quien no resuelve correctamente una ecuación sin decirle qué es una ecuación? Quizá, se confunde enseñanza de la gramática con ‘conocimiento de la terminología gramatical’. Pero ‘la gramática’ es intrínseca a los procesos de lectoescritura, no se puede explicar cómo comprender un texto o cómo redactar bien un escrito sin usar la lengua y su estructura, incluidas las palabras técnicas que permiten describirla. Todo conocimiento exige un metalenguaje. La enseñanza de la comunicación en una determinada lengua requiere de esa misma lengua, es un conocimiento metalingüístico, y no puede prescindirse de ese metalenguaje.
Por tanto, para leer y escribir mejor, necesito utilizar términos gramaticales (palabra, verbo, acento, oración, prefijo…). ¿Cómo enseño a escribir correctamente, por ejemplo, usando bien los <verbos> sin faltas de ortografía, con todas las <tildes> sin decir <verbos> ni <tildes>? ¿Cómo se explica en geografía el ciclo del agua sin explica qué es un <ciclo> o sin hacer mención al concepto <fase>? El uso del ‘lenguaje’ propio de una disciplina es inseparable de la enseñanza de la propia disciplina.
En cambio, si lo que se cuestiona no es la enseñanza del metalenguaje de cada disciplina (la terminología), sino los propios contenidos que cada materia incluye, entonces ¿qué se enseña? En el caso de las lenguas, no son solo medios para aprender otros conocimientos, sino que lo que sabemos sobre nuestra propia lengua nos permite ordenar nuestro pensamiento, mejorar la adquisición de otras lenguas, favorece nuestra capacidad argumentativa, que nos comuniquemos de manera más eficaz, que seamos capaces de transmitir informaciones complejas de todo tipo… la lista de funciones para las que nos capacita comprender nuestra propia lengua es casi infinita.
Desconozco si existe algún estudio empírico que demuestre que un método sin
gramática sea más eficaz que uno que aprovecha los contenidos gramaticales para
mejorar las destrezas y competencias que debe alcanzar cualquier estudiante de
secundaria. Enseñar gramática no significa explicar toda la gramática, sino
adecuar los contenidos al nivel, dar modelos correctos, explicar la
terminología, practicar con ejemplos concretos, ponerlo en práctica… A la vez
que muchas otras tareas (manejo del diccionario, espacios de lectura y
reflexión, técnicas de redacción, prácticas diversas de ortografía…). ¡No solo
de gramática vive el hombre! (ni la mujer).
En definitiva, la gramática es y sigue siendo pertinente en secundaria, adecuada a cada nivel pero no alterada. La gramática enseña a pensar y te proporciona un metalenguaje con el que expresar qué quieres decir y cómo lo quieres decir. Y, a su vez, te permite entender por qué otros dicen lo que dicen y la manera en que lo dicen. Enseñar gramática es dar herramientas para aprender a pensar. ¡Qué curioso que los clásicos lo enfocaran en ‘las niñas’! Quizá porque ellas lo tuvieran (acaso aún lo tengan) más difícil en sociedad, y el lenguaje y su gramática sean las herramientas para desenvolverse por sí mismas, capaces de desarrollar sus capacidades, adquirir cualquier conocimiento, junto con los niños, sin distinción ni prejuicios, con el único afán de ayudarles a madurar y a pensar a lo largo de toda su vida.
Por ello, si
eres docente, no lo dudes, no les infravalores pensando que no lo van a
entender, ni creas que esto es prescindible y no lo necesitan. Al contrario,
aprovecha lo que la enseñanza formal puede aportarles y ‘enseña gramática a las
niñas’ (…y a los niños).
Marta Montañez (12/10/2021 – 19/02/2022)
A mi amigo Héctor, compañero de fatigas gramaticales