Casi
siempre admiramos y, por tanto, envidiamos, aquello que no poseemos. Por eso
admiro y envidio profundamente la paciencia. Esta virtud es inseparable de otro
bien, el tiempo. Ser paciente es sinónimo de esperar, aguardar y dedicar a una
actividad el tiempo que sea necesario.
La
sociedad actual vive a contrarreloj, el tiempo vuela porque queremos hacer
demasiadas cosas y no podemos dividirnos y realizarlas todas, pero no queremos
perdernos nada, y sobrevivimos consultado el reloj, programando agenda y
alarmas diversas y haciendo de las prisas nuestro modo natural de existir. Por
eso admiro a la gente que tiene paciencia, no tiempo: el tiempo es el mismo
para todos, pero cada uno decide cómo invertirlo.
En
efecto, el tiempo es el contrapunto a la paciencia. Por un lado, el refranero
dice que es ‘madre de la ciencia’ y es cierto que, quien se dedica al estudio
científico, requiere de mucho tiempo y paciencia para comprobar una hipótesis,
probar una técnica o completar un ensayo. Por otro, la paciencia es virtud, una
cualidad deseable y valiosa de la que no todo el mundo dispone.
Por
la misma razón, admiro a quienes deciden invertir parte de su tiempo, por
ejemplo, cultivando. La agricultura requiere tiempo, esfuerzo y mucha
paciencia: cavar, hacer los surcos, oxigenar la tierra, abonar, sembrar, regar…
Los resultados no son inmediatos, por eso son mucho más satisfactorios que coger
una bandeja ultraplastificada de tomates rojo escarlata insípidos que parecen
sacados de un museo y no de una tomatera.
La
paciencia es un bien cada vez más escaso. Nunca me ha gustado la pesca, afición
paciente donde las haya. Utilizo la cosmética en la medida en que me
proporciona un confort inmediato (la hidratación en la piel, la suavidad o el
aroma) pero no porque espere resultados visibles en 50 días. Tampoco suelo
practicar algo tan aparentemente sencillo como pintarme las uñas. Quizá la
falta de paciencia explique mucho de mi carácter, de mi forma de trabajar
multitarea, sin tiempo que perder, saltando de un tema a otro casi sin
transición.
Si
hay un capítulo donde la paciencia debe ser infinita es en la crianza, el día a
día, la lucha por educar, evitar peligros, guiar y mantener las rutinas son
tareas que exigen no solo ser paciente, sino tener templanza y mucho aguante.
Aquí debo reconocer que, en mi caso, infinita no es.
Para
lo único que tengo paciencia, porque es indispensable en mi trabajo, es para la
enseñanza, donde, al igual que el agricultor o el pescador, hay que esperar
mucho tiempo y dedicar mucho esfuerzo para ver los resultados. Hacen falta
rutinas, porque, en el fondo, contribuyes no solo a la formación, sino a la educación
de cada alumna y alumno. El docente debe tener paciencia y dedicarle tiempo a
partes iguales, la educación no se compra, el aprendizaje no es inmediato, no
se programa con un botón. Muchos alumnos quieren que todo sea automático, el
mundo tecnológico en el que han nacido pone en su mano múltiples procesos con
resultados rápidos y eficaces. Aprender a dividir, por poner un ejemplo no es
tan rápido.
La
enseñanza, como todo en la vida si es de calidad, se va gestando a fuego lento,
pero cuando un alumno aprende, su satisfacción no se puede comparar con nada,
como el sabor de un buen tomate de la tierra que se riega y se abona con
paciencia y cariño.
Marta Montañez (21-5-20)