Circulan
recientemente por internet una serie de vídeos motivacionales en los que
personajes de cierta relevancia en la cultura cuentan su experiencia personal
de superación y de éxito, aun cuando nadie confiaba en ellos. En otros casos,
se pone como ejemplo a científicos e investigadores en los que nadie confió, pero
que acabaron siendo cruciales para la historia de la ciencia o del
conocimiento.
El contenido de
estos vídeos apela a argumentos emocionales orientados a potenciar las
cualidades individuales, el valor que cada cual puede y debe desarrollar. Dicho
de otro modo, se dirige a resaltar las capacidades que, en su interior, alberga
cada individuo, para confiar en ellas, explotarlas y alcanzar el éxito en un
aspecto determinado. Algo parecido a lo que en el ámbito de la pedagogía se ha
denominado inteligencias múltiples,
para tratar de sacar lo mejor de cada uno, según sus posibilidades y
capacidades, eso que hacemos habitualmente los docentes en el día a día, dada
la diversidad del alumnado. La idea clave que suelen utilizar estos mensajes es
la confianza en uno mismo.
Ahora bien, los
ejemplos que se presentan son casos particulares en los que, con frecuencia, se
ofrece una visión pesimista de la escuela (coercitiva, castrante,
desilusionante) y se alude a maestros que, en su momento, se equivocaron. Por
supuesto, no apruebo que un profesional de la enseñanza ridiculice a un alumno,
ni que le quite las ilusiones. Como formadores, educadores y especialistas en
una materia, debemos potenciar al máximo todo lo que cualquier alumna o alumno
puede dar de sí, y tratar de que alcance sus metas y, más importante aún, que
sea feliz. Sin embargo, considero que dar una imagen idílica del éxito como
algo que puedes lograr solo confiando en ti mismo y en tus capacidades, y
poniéndole mucha ilusión, quizá tampoco es acertado.
En la relación
entre profesores y alumnos se generan una serie de expectativas: por un lado, las
que se proyectan sobre cada alumno, aquello que de alguna manera se espera de
ellos, según sus habilidades, su actitud ante la escolarización, el seguimiento
de las normas, la relación con sus compañeros, su nivel de disciplina, su
interés, su curiosidad, su creatividad... Y, por otro lado, la que el alumno
tiene sobre su propio aprendizaje y su futuro, a veces son expectativas muy
bajas y, otras veces, sus objetivos parecen más bien concebidos en base a un
sueño o al hecho de querer ser alguien importante en la vida. Cada uno de
nosotros somos especiales y debemos buscar el camino adecuado para tratar de
ser felices, de otro modo, no solo nos frustraremos, sino que tampoco nos
acercaremos a eso que llamamos felicidad.
Pongamos por
caso un alumno que trabaja poco, que tiene pocas habilidades matemáticas y que,
además, no se muestra disciplinado, ni realiza las tareas que se le
encomiendan, que evita trabajar en grupo y que tampoco se relaciona
adecuadamente con sus compañeros, pero que te cuenta que quiere ser astronauta
(o arquitecto, o cirujano… cada cual tiene su sueño). Sin embargo, con su
actitud, desde luego, no te había generado esa expectativa. En casos así, tu
función no es ridiculizarle, ni mucho menos, pero de ahí a animarle a un
imposible (o a lo que parece un imposible a día de hoy) tampoco es justo; pues
se genera una falsa expectativa que, en caso de no cumplirse, puede frustrar al
alumno y hacerle caer en una desilusión, o en algo peor, por no haber logrado
sus metas, si realmente eran inalcanzables.
Si una alumna o
alumno de bajo rendimiento académico y con una conducta poco sociable te dice
que quiere ser astronauta, quizá lo bueno sería preguntarle qué le interesa
realmente de la astronomía, por qué quiere dedicarse a esa profesión y si sabe
cómo puede hacerlo. Esta función no es ridiculizar sino orientar, dar las herramientas
y permitir que se desarrolle según sus capacidades de la forma más amplia
posible, de un modo óptimo pero, desde mi punto de vista, con los pies en la
tierra. Eso no significa quitarle sus sueños ni sus ilusiones, sino explicarle
la realidad y los pasos que debería dar.
En mi vida
profesional me he encontrado bastantes casos como este: chicas y chicos que
soñaban sin poner todo el empeño en conseguirlo. Por ello, en parte, no estoy
de acuerdo con los vídeos arriba mencionados, porque ofrecen una imagen del
éxito basada solo en la confianza en uno mismo y en la ilusión; afirman que
basta con el propio interés y que si deseas algo realmente, lo puedes conseguir,
o que creyendo en ti mismo puedes lograr tus objetivos, por inaccesibles que
parezcan. Es verdad que el primer paso para alcanzar una meta es creérsela,
tener ilusión y tener un sueño por cumplir, pero no es suficiente, se necesita
mucho más: preparación, formación, suerte, tener la oportunidad, tener apoyos y,
sobre todo, mucho mucho mucho trabajo y esfuerzo, pues las cosas no caen del
cielo solo por ilusión.
Pensemos,
poniendo otro ejemplo, en un chaval que quiere ser deportista de élite y
competir en el primer nivel, ir a los Juegos Olímpicos y conseguir una medalla.
Sin embargo, apenas practica ejercicio ni tiene disciplina. En un caso así, es
poco probable que alcance esa meta que, por el contrario, parece inalcanzable.
Ante una expectativa propia así de un alumno (autocepción), no se trata de
ridiculizarle, insisto, pero sí de explicarle cuáles son los pasos que debería
dar para acercarse a esa meta y, de manera complementaria, orientarle a otras metas,
tal vez, más factibles.
Cuando un maestro
se equivoca es una expectativa fallida, porque infravaloró al alumno y, con el
tiempo y muchísimo esfuerzo, este le demostró y, sobre todo, se demostró a sí
mismo que era capaz de alcanzar ese objetivo que parecía inalcanzable. En caso
contrario, quien cree poder conseguirlo todo porque le pone mucho empeño y
mucha ilusión, pero aún así fracasa (no porque no esté capacitado, sino porque
la vida es muy difícil y el éxito no cae del cielo), su expectativa se ha visto
truncada si, en ese camino, solo le hemos dado mensajes de apoyo y consignas
motivacionales de creer en sí mismo (“tú puedes conseguirlo, lo importante eres
tú mismo, confía en ti”) y no le hemos ofrecido más vías ni más caminos, ni le
hemos explicado las dificultades. En tal caso, probablemente, sea una
expectativa truncada, un sueño roto, y eso es casi más peligroso que decirle a
alguien que su meta es muy lejana y prácticamente imposible de conseguir.
Cada uno debe
crecer y aprender de sus errores, pero es útil contar con ayudas, con
compañeros de viaje, con alguien que nos guíe y nos vaya marcando el camino
para que, de verdad, podamos conseguir metas. A veces los sueños se cumplen y
entonces se produce la magia y la maravilla, pero en el resto de casos, tampoco
es bonito encontrarnos con expectativas frustradas, sino tratar de lograr, más
bien, metas accesibles que realmente sí se consiguen y que también nos producen
una gran satisfacción.
Por desgracia,
el éxito no se logra solo con ilusión, hacen falta muchas circunstancias para
alcanzar las metas probables, más aún, para cumplir aquellas más difíciles de
lograr. Cuando uno se marca un objetivo, debe tener mucha ilusión -por
descontado-, es lo primero: las cosas sin ilusión, generalmente, no salen.
Ahora bien, no es suficiente. Es necesario mucho, muchísimo trabajo, esfuerzo,
sacrificio, ganas, dedicarle muchísimas horas, en ocasiones hace falta que
intervenga la suerte, estar en el momento oportuno, en el lugar adecuado, y
también, por supuesto, que se den las condiciones necesarias para que podamos
demostrar lo que sabemos y hacerlo al más alto nivel. Muchas veces, incluso
habiendo hecho todo eso, e incluso dándose todas las condiciones, no siempre se
alcanza el éxito.
Pensemos en
todos los deportistas que después de años de entrenamiento físico y mental, de
sacrificio, de no estar con su familia sino en una concentración, incluso de
superar lesiones, no consiguen lograr el objetivo deportivo que se habían
marcado: ganar una carrera, un campeonato, un trofeo, o simplemente llegar a una
final o a clasificarse para una competición profesional. ¿Cuántos se quedan por
el camino? Y no significa que no le hayan puesto ilusión, ni trabajo, ni
esfuerzo; por tanto, vender o intentar promocionar una idea del éxito basada
únicamente en la ilusión y en la confianza es errónea y, a menudo, conduce a
expectativas rotas, truncadas, que muchas veces sumen a esas personas en un
proceso de desilusión tan grande, que incluso puede generar una depresión,
porque todo lo que han hecho no ha valido la pena.
Por el
contrario, si se fijan metas plausibles y se plantean objetivos intermedios o
un plan B, en caso de no alcanzar el éxito rotundo, al menos, se habrán
conseguido metas parciales que den una satisfacción y que hagan que todo el
esfuerzo sí haya valido la pena. Entonces, esa felicidad del objetivo cumplido
hará olvidar ese otro sueño, que de haberse planteado de manera exclusiva, al
no cumplirse, hubiera destrozado todas nuestras expectativas. Ser realista no
es ser pesimista, sino fijar objetivos que sí podemos lograr sin frustrarnos,
y, por tanto, que sí nos hagan felices.
Marta Montañez /16 y 18/10/2019 - 26/01/2020)