domingo, 26 de enero de 2020

Expectativas fallidas o truncadas

Circulan recientemente por internet una serie de vídeos motivacionales en los que personajes de cierta relevancia en la cultura cuentan su experiencia personal de superación y de éxito, aun cuando nadie confiaba en ellos. En otros casos, se pone como ejemplo a científicos e investigadores en los que nadie confió, pero que acabaron siendo cruciales para la historia de la ciencia o del conocimiento.
El contenido de estos vídeos apela a argumentos emocionales orientados a potenciar las cualidades individuales, el valor que cada cual puede y debe desarrollar. Dicho de otro modo, se dirige a resaltar las capacidades que, en su interior, alberga cada individuo, para confiar en ellas, explotarlas y alcanzar el éxito en un aspecto determinado. Algo parecido a lo que en el ámbito de la pedagogía se ha denominado inteligencias múltiples, para tratar de sacar lo mejor de cada uno, según sus posibilidades y capacidades, eso que hacemos habitualmente los docentes en el día a día, dada la diversidad del alumnado. La idea clave que suelen utilizar estos mensajes es la confianza en uno mismo.
Ahora bien, los ejemplos que se presentan son casos particulares en los que, con frecuencia, se ofrece una visión pesimista de la escuela (coercitiva, castrante, desilusionante) y se alude a maestros que, en su momento, se equivocaron. Por supuesto, no apruebo que un profesional de la enseñanza ridiculice a un alumno, ni que le quite las ilusiones. Como formadores, educadores y especialistas en una materia, debemos potenciar al máximo todo lo que cualquier alumna o alumno puede dar de sí, y tratar de que alcance sus metas y, más importante aún, que sea feliz. Sin embargo, considero que dar una imagen idílica del éxito como algo que puedes lograr solo confiando en ti mismo y en tus capacidades, y poniéndole mucha ilusión, quizá tampoco es acertado.
En la relación entre profesores y alumnos se generan una serie de expectativas: por un lado, las que se proyectan sobre cada alumno, aquello que de alguna manera se espera de ellos, según sus habilidades, su actitud ante la escolarización, el seguimiento de las normas, la relación con sus compañeros, su nivel de disciplina, su interés, su curiosidad, su creatividad... Y, por otro lado, la que el alumno tiene sobre su propio aprendizaje y su futuro, a veces son expectativas muy bajas y, otras veces, sus objetivos parecen más bien concebidos en base a un sueño o al hecho de querer ser alguien importante en la vida. Cada uno de nosotros somos especiales y debemos buscar el camino adecuado para tratar de ser felices, de otro modo, no solo nos frustraremos, sino que tampoco nos acercaremos a eso que llamamos felicidad.
Pongamos por caso un alumno que trabaja poco, que tiene pocas habilidades matemáticas y que, además, no se muestra disciplinado, ni realiza las tareas que se le encomiendan, que evita trabajar en grupo y que tampoco se relaciona adecuadamente con sus compañeros, pero que te cuenta que quiere ser astronauta (o arquitecto, o cirujano… cada cual tiene su sueño). Sin embargo, con su actitud, desde luego, no te había generado esa expectativa. En casos así, tu función no es ridiculizarle, ni mucho menos, pero de ahí a animarle a un imposible (o a lo que parece un imposible a día de hoy) tampoco es justo; pues se genera una falsa expectativa que, en caso de no cumplirse, puede frustrar al alumno y hacerle caer en una desilusión, o en algo peor, por no haber logrado sus metas, si realmente eran inalcanzables.
Si una alumna o alumno de bajo rendimiento académico y con una conducta poco sociable te dice que quiere ser astronauta, quizá lo bueno sería preguntarle qué le interesa realmente de la astronomía, por qué quiere dedicarse a esa profesión y si sabe cómo puede hacerlo. Esta función no es ridiculizar sino orientar, dar las herramientas y permitir que se desarrolle según sus capacidades de la forma más amplia posible, de un modo óptimo pero, desde mi punto de vista, con los pies en la tierra. Eso no significa quitarle sus sueños ni sus ilusiones, sino explicarle la realidad y los pasos que debería dar.
En mi vida profesional me he encontrado bastantes casos como este: chicas y chicos que soñaban sin poner todo el empeño en conseguirlo. Por ello, en parte, no estoy de acuerdo con los vídeos arriba mencionados, porque ofrecen una imagen del éxito basada solo en la confianza en uno mismo y en la ilusión; afirman que basta con el propio interés y que si deseas algo realmente, lo puedes conseguir, o que creyendo en ti mismo puedes lograr tus objetivos, por inaccesibles que parezcan. Es verdad que el primer paso para alcanzar una meta es creérsela, tener ilusión y tener un sueño por cumplir, pero no es suficiente, se necesita mucho más: preparación, formación, suerte, tener la oportunidad, tener apoyos y, sobre todo, mucho mucho mucho trabajo y esfuerzo, pues las cosas no caen del cielo solo por ilusión. 
Pensemos, poniendo otro ejemplo, en un chaval que quiere ser deportista de élite y competir en el primer nivel, ir a los Juegos Olímpicos y conseguir una medalla. Sin embargo, apenas practica ejercicio ni tiene disciplina. En un caso así, es poco probable que alcance esa meta que, por el contrario, parece inalcanzable. Ante una expectativa propia así de un alumno (autocepción), no se trata de ridiculizarle, insisto, pero sí de explicarle cuáles son los pasos que debería dar para acercarse a esa meta y, de manera complementaria, orientarle a otras metas, tal vez, más factibles.
Cuando un maestro se equivoca es una expectativa fallida, porque infravaloró al alumno y, con el tiempo y muchísimo esfuerzo, este le demostró y, sobre todo, se demostró a sí mismo que era capaz de alcanzar ese objetivo que parecía inalcanzable. En caso contrario, quien cree poder conseguirlo todo porque le pone mucho empeño y mucha ilusión, pero aún así fracasa (no porque no esté capacitado, sino porque la vida es muy difícil y el éxito no cae del cielo), su expectativa se ha visto truncada si, en ese camino, solo le hemos dado mensajes de apoyo y consignas motivacionales de creer en sí mismo (“tú puedes conseguirlo, lo importante eres tú mismo, confía en ti”) y no le hemos ofrecido más vías ni más caminos, ni le hemos explicado las dificultades. En tal caso, probablemente, sea una expectativa truncada, un sueño roto, y eso es casi más peligroso que decirle a alguien que su meta es muy lejana y prácticamente imposible de conseguir. 
Cada uno debe crecer y aprender de sus errores, pero es útil contar con ayudas, con compañeros de viaje, con alguien que nos guíe y nos vaya marcando el camino para que, de verdad, podamos conseguir metas. A veces los sueños se cumplen y entonces se produce la magia y la maravilla, pero en el resto de casos, tampoco es bonito encontrarnos con expectativas frustradas, sino tratar de lograr, más bien, metas accesibles que realmente sí se consiguen y que también nos producen una gran satisfacción.
Por desgracia, el éxito no se logra solo con ilusión, hacen falta muchas circunstancias para alcanzar las metas probables, más aún, para cumplir aquellas más difíciles de lograr. Cuando uno se marca un objetivo, debe tener mucha ilusión -por descontado-, es lo primero: las cosas sin ilusión, generalmente, no salen. Ahora bien, no es suficiente. Es necesario mucho, muchísimo trabajo, esfuerzo, sacrificio, ganas, dedicarle muchísimas horas, en ocasiones hace falta que intervenga la suerte, estar en el momento oportuno, en el lugar adecuado, y también, por supuesto, que se den las condiciones necesarias para que podamos demostrar lo que sabemos y hacerlo al más alto nivel. Muchas veces, incluso habiendo hecho todo eso, e incluso dándose todas las condiciones, no siempre se alcanza el éxito.
Pensemos en todos los deportistas que después de años de entrenamiento físico y mental, de sacrificio, de no estar con su familia sino en una concentración, incluso de superar lesiones, no consiguen lograr el objetivo deportivo que se habían marcado: ganar una carrera, un campeonato, un trofeo, o simplemente llegar a una final o a clasificarse para una competición profesional. ¿Cuántos se quedan por el camino? Y no significa que no le hayan puesto ilusión, ni trabajo, ni esfuerzo; por tanto, vender o intentar promocionar una idea del éxito basada únicamente en la ilusión y en la confianza es errónea y, a menudo, conduce a expectativas rotas, truncadas, que muchas veces sumen a esas personas en un proceso de desilusión tan grande, que incluso puede generar una depresión, porque todo lo que han hecho no ha valido la pena.
Por el contrario, si se fijan metas plausibles y se plantean objetivos intermedios o un plan B, en caso de no alcanzar el éxito rotundo, al menos, se habrán conseguido metas parciales que den una satisfacción y que hagan que todo el esfuerzo sí haya valido la pena. Entonces, esa felicidad del objetivo cumplido hará olvidar ese otro sueño, que de haberse planteado de manera exclusiva, al no cumplirse, hubiera destrozado todas nuestras expectativas. Ser realista no es ser pesimista, sino fijar objetivos que sí podemos lograr sin frustrarnos, y, por tanto, que sí nos hagan felices.
 Marta Montañez /16 y 18/10/2019 - 26/01/2020)