Hace un tiempo inicié una publicación
para el blog que trataba sobre la polémica acerca de los deberes para
adolescentes y escolares. Aquel artículo lo empecé por el mes de noviembre de
2016, pero ahora es cuando he tenido más tiempo para darle forma y publicarlo,
animada por diversas lecturas.
Precisamente, aquel mes de
noviembre arrancaba (además de con nuevo gobierno -ya era hora-, pensaba yo, y en
este momento, qué casualidad, también hay previstas unas elecciones) con la
noticia de la 'huelga de deberes' propuesta por algunoscolectivos de
progenitores y tutores legales del alumnado. También hacia finales del año
pasado, 2018, se publicó una Ley en la Comunitat Valenciana sobre Derechos y
garantías de la infancia y la adolescencia (nada dice de deberes ni
obligaciones) que sugiere la conveniencia de no solicitar demasiadas tareas
fuera del aula. Así lo expresa en el apartado 3 del Artículo 69.
Contribución de los centros educativos al derecho al desarrollo a través del
ocio y del deporte
3.
Durante las etapas de educación obligatoria se procurará que la mayor parte de las actividades de aprendizaje programadas
puedan realizarse dentro de la jornada lectiva, de manera que las que
tengan que realizarse fuera de ella no menoscaben el derecho del alumnado al
ocio, al deporte y a la participación en la vida social y familiar.
(LEY 26/2018,
de 21 de diciembre, de la Generalitat, de derechos y garantías de la Infancia y
la adolescencia. [2018/12057], publicada en el DOGV, 24/12/2018, p. 49654)
El tema se presta a la polémica y
al intercambio de argumentos.
Como docente (y también como
alumna, pues nunca dejamos de aprender y, además, la profesión obliga a la
mejora y a la formación continuas) considero, humildemente, que el proceso
educativo consta de varias fases. Una de ellas se realiza en grupo, es presencial,
sirve para presentar los contenidos, explicarlos, practicarlos, aclararlos,
corregir errores, resolver dudas, trabajar en grupo... todo lo que permite la
escuela, instituto, academia o universidad, la clase propiamente dicha, ese
banco de pruebas que constituye el aula, el laboratorio o cualquiera de las
dependencias de un centro de formación. Sin embargo, a mi modo de ver, ahí no
acaba el proceso de enseñanza-aprendizaje, debe haber un espacio de trabajo
autónomo, de estudio individual, de enfrentarse a los problemas y ser capaz de
resolverlos, si uno no sabe trabajar solo, creo que será difícil que sepa
después trabajar en equipo o de forma cooperativa.
Leía recientemente el fantástico y acertado manual de Nando López (Dilo
en voz alta y nos reímos todos. Manual (gamberro) de supervivencia en
secundaria) en el que el autor se muestra en contra de ‘los deberes’,
incluso habla de ‘padres que se sacan la ESO’. Otro ejemplo se encontraba,
precisamente a finales de 2016, en un anuncio de una famosa tienda de muebles
sueca sobre la necesidad de pasar más tiempo en familia, celebrar las cenas y
tener menos deberes. Era, como toda la de esta empresa, una publicidad muy
sugerente y que hace reflexionar sobre la importancia del tiempo en familia. Sin
embargo, es paradójico que una empresa con horarios tan amplios critique la
falta de tiempo de los hijos con los padres, cuando sus empleados llegarán a
casa a unas horas en que sus hijos, probablemente, habrán cenado y ya estarán
descansando... Pero ese es otro tema.
Sirvan ambos ejemplos para mostrar que la oposición a los deberes
surge tanto desde voces ligadas a la educación, con experiencia, que saben lo
que se cuece en un aula; como de cualquier persona que tenga niños cerca y que
opina sobre los deberes (y sobre cualquier aspecto de la educación).
Efectivamente, las tareas individuales ocupan un tiempo que el niño o el
adolescente podrían dedicar a otras actividades (lúdicas, deportivas,
creativas, artísticas...), de hecho, muchos las realizan también. Pero esa fase
de ‘aprendizaje autónomo’, por llamarla de algún modo, es necesaria, en mi
opinión, y considero que excede los límites de la clase. Asimismo, activa
destrezas y habilidades en el aprendiz, como el orden y la organización de
materiales, la búsqueda y selección de información nueva o ampliada, la resolución
de problemas con los propios recursos o la determinación de dudas, dificultades
o aspectos mejorables. De igual modo, sirve para afianzar conocimientos, como
práctica cuando se trata de un aprendizaje complejo o que requiere de una
ejercitación extra para asimilarse (en términos de competencias, que tanto
gustan a la LOMCE, no solo se trabaja el ‘saber’ sino el ‘saber hacer’ y hasta
el ‘saber ser’, porque significa asumir obligaciones y responsabilidades).
Piénsese, por ejemplo, en la adquisición de un idioma o en aprender a
tocar un instrumento musical, pongamos por caso, la guitarra. Tenemos a un
alumno modélico que asiste a 3 horas semanales presenciales (son las que, de
media, tiene una asignatura en la secundaria): atiende, participa, practica,
sigue las instrucciones del docente, se equivoca, rectifica, practica en
pareja, en pequeño equipo, con todo el grupo... Y se va a su casa, hasta la
clase siguiente. ¿De verdad aprenderá a tocar (bien) la guitarra solo con las 3
sesiones semanales de clase? Ese es el argumento que muchos me dicen: ‘todo
debería quedar explicado y trabajado en clase’, pues yo creo que si me apunto a
clases de chino o ruso y solo estudio y practico 3 horas a la semana, no aprendo
esa lengua en toda mi vida.
El otro aspecto de los dos ejemplos presentados es que se implica a
los padres y familiares en la realización de esas tareas y eso, evidentemente,
les resta tiempo para hacer otras actividades o desarrollar otras facetas. Aquí
encuentro un grave error que nunca he apoyado: la responsabilidad en la
realización de los deberes debe ser exclusiva del aprendiz, no de quienes le
rodean. Bien es cierto que se puede preguntar una duda, consultar un problema o
contrastar cierta información e, incluso, llegado el caso, contratar a un
profesor particular o echar mano de un hermano mayor o del típico familiar al
que se le da bien esa materia. Pero eso no puede convertirse en una costumbre,
principalmente, porque se pierde uno de los objetivos actitudinales de los
deberes: la autonomía.
Según mi experiencia, observo en mis estudiantes una tendencia hacia
el reconocimiento de sus derechos pero un abandono o pasotismo hacia las
obligaciones y los deberes (no solo los escolares). El Decreto 39/2008 se basa
en estos tres valores para regular la convivencia en los centros, es decir, los
derechos, los deberes, pero también las obligaciones del alumnado. De hecho,
uno de los castigos formativos y pedagógicos que yo impongo a mis alumnos
cuando no tienen un comportamiento adecuado en el aula es precisamente el de
leer y copiar parte de este decreto, sobre todo, el bloque correspondiente a
los deberes y obligaciones del alumno. En una época en la que todo está en
internet, copiar se convierte en eso, en un castigo aunque realmente sigue
siendo un procedimiento mnemotécnico de aprendizaje: tanto copiar un esquema o
hacer un resumen, como anotar ideas importantes, constituyen formas de
aprendizaje que parecen olvidadas (combinadas, eso sí, con tareas de aplicación
y práctica) y el alumno a veces cree que solamente con leer un resumen de otro
o ver un vídeo de internet va a aprender a hacer ciertas tareas (yo, por muchas
veces que vea un vídeo de Javier Fernández haciendo un triple salchow o un
doble axel soy incapaz siquiera de subirme en unos patines).
Copiar les parece aburrido pero
surte efecto, porque ayuda a fijar contenidos. Insisto, no como única forma de
aprendizaje. Algo similar sucede con la teoría y la memoria. Habrá quien
considere que memorizar ya no es necesario, sino que más bien debe enseñarse a
procesar, analizar y a transformar esa teoría en algo práctico o aplicable a
muchas situaciones diferentes, dado que el alumno ha de saber adaptarse y ha de
saber tener competencia estratégica, dicho de otro modo, aprovechar todos sus
conocimientos y adaptarlos a nuevas situaciones que ni siquiera hayamos
previsto.
Efectivamente, el concepto de
enseñanza debe cambiar, porque la educación debe enfocarse en el futuro, no
anclarse en el pasado; educamos a futuros ciudadanos, con nuevas necesidades,
nuevos modelos laborales, más flexibles, menos mecánicos, y nuevas realidades,
algunas aún no las imaginamos. Ahora bien, quizá, también debería cambiar la
concepción que los alumnos tienen sobre la función de la escuela y el papel de
los docentes.
En general, observo que el
alumnado reconoce la escuela como un derecho inalienable (así lo marca la ley)
pero también la concibe, sobre todo, como algo que merece. Del mismo modo
considera que merece todas las cosas que tiene: merece un buen móvil, merece
ropa de marca, merece extraescolares y profesores de ayuda en caso de que tenga
dificultades en alguna materia... y normalmente los padres, aunque no tengan
una buena economía, por el bien de los hijos, acceden a todo tipo de gastos
para tratar de darles lo mejor, unas veces porque ellos no lo tuvieron y otras,
porque no quieren que sus hijos perciban problemas familiares como las
dificultades económicas.
Al hilo de este ‘derecho’ o de
esa idea de ‘me lo merezco’ que exhiben algunas y algunos adolescentes, recuerdo
un vídeo difundido hace unas semanas en el que un padre grababa a su hija
mientras caminaba hacia la escuela porque se había negado a llevarla en coche,
ya que había sido expulsada del autobús escolar por acosar a una compañera. La
reacción de la hija en un primer momento había sido exigir a su padre que la
llevase hasta el centro educativo pero este, a mi juicio con buen criterio, le
había dicho que él no la iba a llevar, que era una obligación que no tenía por
qué hacer o, más bien, que llevarla al colegio en su coche era un privilegio y
ella no lo estaba agradeciendo, sino que daba por hecho que lo merecía y que no
había ninguna razón para no llevarla. El padre consideraba que podía ser un
buen castigo, dado que la causa de no poder ir a la escuela no era una avería
del autobús, sino que había sido expulsada por acosar a otra persona y que eso debía
tener consecuencias.
Muchos chavales piensan en la
misma línea que la chica del vídeo: que los padres siempre van a estar ahí y
van a hacer lo imposible por darles lo que ellos quieren y, en algunos casos,
se muestran bastante desagradecidos con el esfuerzo de sus padres. A menudo les
escucho decir que aunque suspendan no pasa nada porque su padre le contrata
clases particulares, se creen con derecho a todo lo que los padres puedan
darles y, lo peor, y el fin al que quería llegar, parece que no asumen
demasiadas responsabilidades ni obligaciones.
Por ello, aunque no creo que solo
copiar sea la solución, al hacerles leer y copiar (una pequeña parte) del
decreto, pretendo hacerles ver que la escuela es un derecho, sí, pero también
una oportunidad que no siempre agradecen lo suficiente y que también ellos
deben asumir responsabilidades. Las tareas son una responsabilidad del alumnado
y estoy a favor de ellas, lo que no apruebo es mandar cantidades imposibles de
deberes, tareas, ejercicios, trabajos en grupo... Como bien dice la ley citada
más arriba, ‘la mayoría’ de tareas deben realizarse en clase pero una pequeña
parte, aunque sea mínima, debe practicarse de forma individualizada, autónoma.
Las tareas no son un deleite que
nos inventamos los docentes para quitarles tiempo libre, sino parte de una
planificación docente para crearles la oportunidad de practicar y ser capaces
de enfrentarse a problemas y dificultades, hacerles competentes como personas
autónomas y que asuman un papel activo en su formación y en su educación que
es, en definitiva, lo que vienen aconsejando las leyes educativas en las últimas
décadas, que el aprendiz sea el protagonista (no sus padres ayudándoles a hacer
los deberes, ni los profesores, que solo somos guías), sino ellos enfrentándose
a retos y problemas, dentro y fuera del aula, no solo en la zona de confort de
la clase donde está el profesor para decirme los pasos que debo seguir sino
practicando yo solo, con mi diccionario, con Internet, con los apuntes, como
haría yo con mi guitarra intentando hacer sonar cada vez mejor esos acordes que
tanto me cuestan.
25/1/2019 – 19/02/2019