Hace un tiempo alguien me decía
que los cuentos clásicos están obsoletos, que sus historias no pueden interesar
a unos chavales nacidos con la tecnología debajo del brazo, que los referentes
han cambiado y que esas historias, pensadas para otros lectores y construidas
sobre otros valores, no conectan con la generación actual. Claro, tiene razón,
tal y como si concibieron no pueden leerse, deben actualizarse, traerse al
presente.
Caperucita roja -me decía- nadie se cree que hable con un lobo, y
que se la coma, y que luego la saquen de su tripa... no es creíble. No es
verosímil que se disfrace de abuelita y la chica, tan ingenua, no reconozca que
es el lobo. Claro, otra vez le doy la razón. Pero es que tú focalizas la
historia solo en la pobre caperucita, ‘ella’ es la que no se da cuenta de que
es un lobo, ‘ella’ es la que habla con él... no se te ocurre pensar que el
verdadero protagonista es él, y no ella, que solo es la víctima, aunque la
historia la haga parecer culpable: por desobediente, por no seguir el camino
marcado, por tener que hacer solo lo que se espera de ella.
En 2018 sigue habiendo muchas
caperucitas, de todos los colores, y seguirán existiendo, mientras existan
lobos. Lobos que se disfrazan para parecer lo que no son, que se camuflan para
ganarse la confianza de quien acechan, lobos que están esperando la oportunidad
para atacar, a veces, iniciando un diálogo aparentemente inofensivo, otras, con
una emboscada directa. Los lobos de la vida real no se ‘comen’ a la chica,
sería otro el verbo, más violento, menos sutil. Laura Luelmo quizá es una
caperucita. En lugar de visitar a su abuelita, se fue a correr. Hay más Lauras,
más caperucitas: que van a hacer la compra, o vuelven de trabajar, o salen con
unas amigas, o se van a San Fermín, o lo que les dé la gana. Y allá donde
vayan, la manada de lobos puede estar
al acecho.
Las víctimas se convierten en
tristes protagonistas, en foco informativo, y no ellos, quienes las sitúan en
esa posición que ya no es anónima. Pienso en muchas caperucitas, desde el triple
caso de las niñas de Alcásser, que marcó mi infancia, hasta Diana Quer o Marta
del Castillo, nunca hallada, nunca olvidada. Las redes se llenan de mensajes
compartidos, de solidaridad estéril, porque a esa familia nadie le devuelve a
su caperucita roja. La vida no es como el cuento que, aunque duro, se dulcifica
con un final feliz. Porque en la vida, aunque se acabe con el lobo -si es que se
puede-, la caperucita no vuelve.
Esta víctima ya no dará más
clases, ni pondrá más notas, ni exámenes. Se puede decir que llegó allí de
casualidad, el destino te envía a cualquier parte cuando eres interino, es una
lotería, y a ella le ha tenido que tocar un lugar donde le aguardaba un
criminal, que, casualmente, había asesinado a una anciana antes que a ella,
como el lobo del cuento, que antes de ‘comerse’ a caperucita, había matado a su
abuela.
Quisiera poder pedirle al año
nuevo que los cuentos se queden en eso, en ficción, y que la vida real sea otra
cosa, sin lobos ni otras alimañas, con personas libres, mujeres y hombres, sin
temor a vivir día a día. Ojalá pudiera pedirse algo así y se cumpliera.
Con todo mi cariño y respeto,
para quienes hayan perdido a una hija, hermana, novia, esposa...
a su particular caperucita.