martes, 18 de diciembre de 2018

Caperucita roja... 2018

Hace un tiempo alguien me decía que los cuentos clásicos están obsoletos, que sus historias no pueden interesar a unos chavales nacidos con la tecnología debajo del brazo, que los referentes han cambiado y que esas historias, pensadas para otros lectores y construidas sobre otros valores, no conectan con la generación actual. Claro, tiene razón, tal y como si concibieron no pueden leerse, deben actualizarse, traerse al presente.

Caperucita roja -me decía- nadie se cree que hable con un lobo, y que se la coma, y que luego la saquen de su tripa... no es creíble. No es verosímil que se disfrace de abuelita y la chica, tan ingenua, no reconozca que es el lobo. Claro, otra vez le doy la razón. Pero es que tú focalizas la historia solo en la pobre caperucita, ‘ella’ es la que no se da cuenta de que es un lobo, ‘ella’ es la que habla con él... no se te ocurre pensar que el verdadero protagonista es él, y no ella, que solo es la víctima, aunque la historia la haga parecer culpable: por desobediente, por no seguir el camino marcado, por tener que hacer solo lo que se espera de ella.

En 2018 sigue habiendo muchas caperucitas, de todos los colores, y seguirán existiendo, mientras existan lobos. Lobos que se disfrazan para parecer lo que no son, que se camuflan para ganarse la confianza de quien acechan, lobos que están esperando la oportunidad para atacar, a veces, iniciando un diálogo aparentemente inofensivo, otras, con una emboscada directa. Los lobos de la vida real no se ‘comen’ a la chica, sería otro el verbo, más violento, menos sutil. Laura Luelmo quizá es una caperucita. En lugar de visitar a su abuelita, se fue a correr. Hay más Lauras, más caperucitas: que van a hacer la compra, o vuelven de trabajar, o salen con unas amigas, o se van a San Fermín, o lo que les dé la gana. Y allá donde vayan, la manada de lobos puede estar al acecho.

Las víctimas se convierten en tristes protagonistas, en foco informativo, y no ellos, quienes las sitúan en esa posición que ya no es anónima. Pienso en muchas caperucitas, desde el triple caso de las niñas de Alcásser, que marcó mi infancia, hasta Diana Quer o Marta del Castillo, nunca hallada, nunca olvidada. Las redes se llenan de mensajes compartidos, de solidaridad estéril, porque a esa familia nadie le devuelve a su caperucita roja. La vida no es como el cuento que, aunque duro, se dulcifica con un final feliz. Porque en la vida, aunque se acabe con el lobo -si es que se puede-, la caperucita no vuelve.

Esta víctima ya no dará más clases, ni pondrá más notas, ni exámenes. Se puede decir que llegó allí de casualidad, el destino te envía a cualquier parte cuando eres interino, es una lotería, y a ella le ha tenido que tocar un lugar donde le aguardaba un criminal, que, casualmente, había asesinado a una anciana antes que a ella, como el lobo del cuento, que antes de ‘comerse’ a caperucita, había matado a su abuela.

Quisiera poder pedirle al año nuevo que los cuentos se queden en eso, en ficción, y que la vida real sea otra cosa, sin lobos ni otras alimañas, con personas libres, mujeres y hombres, sin temor a vivir día a día. Ojalá pudiera pedirse algo así y se cumpliera.
Con todo mi cariño y respeto,
para quienes hayan perdido a una hija, hermana, novia, esposa...
a su particular caperucita.

lunes, 1 de octubre de 2018

Nadando

No dejes de nadar. 
Si dejas de nadar te hundes.
No dejes de nadar:
ríe, salta, sueña, vuela...
pero no dejes de nadar.

Descansa un poco,
respira, corre, esprinta,
pero no dejes de nadar.

Sueña, respira, llora,
pero no dejes de nadar.

Flota, juega, vive, ríe,
pero no dejes de nadar.

Sigue, coge fuerzas,
y nunca dejes de nadar.
(29-9-2018)