Hoy termina oficialmente el curso
académico 2015-2016. Este es el año en que he conseguido por fin una plaza como
funcionaria, en el cuerpo de profesores de enseñanza secundaria.
No lo digo con orgullo, dejo el
orgullo a los padres, a la familia, a ellos les corresponde y a ellos va dedicado,
como hice con la tesis: papá, mamá, ¡va por vosotros!
Porque hoy es un día de
recuerdos, buenos y malos. Siempre hay que recordar, siempre hay que volver
atrás y saber de dónde viene uno. Los logros adquieren el valor del camino
recorrido. Y tengo que remontarme casi a la época del instituto, cuando escoges
ciencias o letras y decides que quieres estudiar aquello que te gusta, no lo
que marca el mundo empresarial, sino aquello a lo que te gustaría dedicarte el
resto de tu vida.
Te toca elegir optativas y ya
encauzas tu itinerario académico: siempre he querido ser profesora. No elegí
Filología ni para hacerme rica, ni para apalancarme como funcionaria, sino por
sincera y honesta vocación. Entonces me otorgaron Premio Extraordinario de Bachillerato
y eso cubría económicamente el primer año de matrícula en la universidad. Podría
haber estudiado cualquier disciplina, en aquel momento tenía nota suficiente
para acceder a cualquier titulación, pero elegí la que creía que me haría
feliz. Y otra vez tengo que acordarme de mis padres, porque siempre me apoyaron
y me dejaron acertar o equivocarme, creo que acerté, y conté siempre con su
apoyo.
En efecto, desde el primer día de
clase, supe que acerté, sobre todo en las materias de lengua. Recuerdo la
primera clase de una asignatura que no sabía muy bien de qué iba a tratar
cuando la elegí, llamada ‘Español coloquial’, y me fascinó. Aún no sabía la
importancia que tendría después en mi trayectoria investigadora. Siguieron los
buenos resultados, las buenas notas tenían premio, se traducían en dinero: por
cada asignatura con matrícula de honor te descontaban parte de los gastos del
curso siguiente, y saqué en total 22 matrículas de honor de 41 materias cursadas,
más de mitad. Ahora lo digo, nunca he presumido de mis resultados, sirvan solo
para mostrar que cuando estudias lo que de verdad te gusta, los resultados son
buenos porque te motivas, y el esfuerzo tiene su recompensa.
Terminada la carrera, con un 9,3
de media y una mención especial en los Premios Nacionales, en los que quedé
entre las 10 mejores de España de mi promoción, todos me recomendaron que
siguiera, que las puertas de la investigación estaban abiertas para mí con ese
expediente. Entonces llegaron las becas, del CSIC (nacional), la V Segles de la
Universitat de València y la FPU del Ministerio. Es la etapa más enriquecedora
que he vivido. Empecé el Doctorado a expensas de que me concedieran la beca,
pero otra vez mis padres se adelantaron: ‘si no te dan beca, te lo pagamos
nosotros, que esto es importante’. Se me saltan las lágrimas…
Respiro. Antes de terminar los 4
años de beca, en los que mi currículum aumentó en cantidad y en calidad, me
presenté a oposiciones a ver qué era aquello. Y a esto quería llegar. Hoy me
acuerdo de todos mis compañeros opositores, todos y cada uno de ellos. Este es
un camino muy duro, poca gente lo sabe. He aprobado 4 oposiciones con más de 7,
y por falta de puntos al principio o por falta de plazas en otras ocasiones,
hasta este año no he obtenido plaza. Quienes desconocen cómo funcionan aquí las
oposiciones de secundaria pensarán que aprobar una oposición es sacar un 5. Error.
Eso solo te sirve para entrar en bolsa y empezar a trabajar y a hacer puntos.
El sistema es muy injusto, los
criterios nunca son transparentes ni objetivos, el esfuerzo no siempre obtiene
recompensa. Una oposición es una carrera de fondo, está planteada como una
competición, que convierte a tus compañeros en tus contrincantes o en tus
jueces si les toca estar en un tribunal. La selección de profesores es un
embudo donde cada uno aplica su estrategia pero, sobre todo, tiene que tener
fuerza mental. La presión es brutal. Estar todo un año preparándote a la espera
de que te salga ‘la bolita’; cambiar tu programación prácticamente cada curso
porque cambia la ley o porque cambia el gobierno local o central. Yo misma he
cambiado mi programación hasta 4 veces (una por cada oposición). Y al final,
por encima de todo tu esfuerzo y dejar de lado tu vida porque ‘tienes que
estudiar’, dependes de un tribunal, de criterios subjetivos, de que les gustes,
de la hora en que te toque exponer (las jornadas son extenuantes), de quién lea
delante de ti o de cuántos hayan elegido el mismo tema…
Son tantos factores (hablaré de
todo ello en otra ocasión), pero sobre todo, la suerte y el azar deciden cuándo
es tu año. Este ha sido el mío. Ojalá que mis amigos y compañeros (nunca los he
considerado enemigos ni contrincantes) obtengan pronto esa plaza, que muchos se
lo merecen ya desde hace años. Todo llega. Mucha suerte a todos.
Marta Pilar